Maduración y comportamiento de la pepita de guayaba

Este cuento hace parte del libro Todos los amigos son imaginarios, cómpralo aquí.

1. Cambios fisiológicos

A mí no me parece que Pepita sea un nombre real. Pero Pepita existe. Le dicen así porque es un diminutivo cariñoso de Pepa, lo que me parece aún más absurdo. Pepita es más larga que Pepa y Pepa tampoco me parece un nombre normal, pero a partir de repeticiones me he ido acostumbrado. Pepita, Pepa, Semillita, Semilla. Hay un poema abstracto de Rilke que habla de Pepa. Habla del fruto en la boca y el baile de la lengua y la semilla y los labios mojados con la semillita, pepita adentro. Nunca he entendido a Rilke, que por más que hable de frutos  y ríos con mares y danzas me parece árido e imposible. Y tampoco he entendido nunca a Pepa que se la pasa peliando con la familia por culpa de cualquier cosa y la última fueron esos bananos. Unos bananos podridos que había que llevar en un trasteo a ninguna parte para hacer un dulce de patacón rarísimo, así se llama. Pepita no es como Rilke, árida, es tropical e imposible.

La conozco desde los catorce años y le pasaron otros catorce más, a Pepita. Y somos amigos, así dicen todos. Casi hermanos, dice ella. Para definirla empiezo siempre por la boca, la mía, y de ahí me sale el nombre. A veces pienso que podría irme más atrás, y decir que para definirla me toca pensar en el aire de mis pulmones que luego se rompe para convertirse en esa palabra, la suya. El problema con ese juego es que si sigo así y más hacia atrás seguramente voy a terminar apenas por el principio y sin haberla nombrado. Seguramente voy a terminar diciendo una bobada tipo bigbang como si eso pudiera decir algo. La verdad, prefiero evitar ese tipo de enredos, para cosas peludas prefiero pensar en el carambolo, que es peludo por fuera y con imagen de estrella por dentro. Ah no, ese no es, es el kiwi, que es peludo por fuera y con el corazón rodeado de Pepitas por dentro. Las cosas se me confunden, se me emperespejan, todo el tiempo. Y además el carambolo me hace pensar en León de Greiff, poeta bolombólico, bolom-bólico, como si fuera un insulto, pero no lo es, porque tiene un verso que dice «dame otra vez a gustar la golosina de ésos [sin tilde, De Greiff] tus gordezuelos labios róseos…», y tiene otro que empieza con «ruido ronco de tronco caído» y es como si retumbara todo emperespejado el señor León. 

Pero lo que yo quería decir es que para mí, Pepita es única. No necesita uno irse más atrás de lo epidérmico porque esa piel cerrada es  ya un principio (y un final). Pero ese es solo mi parecer. Daniel piensa que es al contrario. A Daniel le decimos Chirimoya porque tiene la cara como cuadrada y de piedra y a pedazos, no sé si entiende (entonces que no se entienda).

Chirimoya dice que en esta región las mujeres como Pepita maduran en todos los árboles, hasta en los que no dan frutos. Dice que las Pepitas de aquí son las más lindas de todas pero que son tantas tantas que es como si no fuera ya ninguna. Le quita la gracia, me dice Chirimoya riéndose.

Chirimoya, que es experto en Pepitas dice que en esta región hay más o menos 3.800 especies similares y que debido a los cambios de altura se pueden encontrar en una gran variedad de climas. Las pepitas son climatéricas, dice Chirimoya victorioso, pero yo sé que él sabe que yo sé que él no sabe qué significa eso. Con lo de lo climatérica él quiere decir que se producen en muchas partes (pero se equivoca) y que una vez separados de la planta siguen madurando, como los melocotones (y esto sí puede ser, Pepita y melocotones, Pepita siempre es diferente). Chirimoya es a veces un sapote, un zapote. El todavía cree que las mujeres como las frutas pueden reducirse a una definición técnica, y cree además que unas son como otras y dependen principalmente de las formas y climas, de las cosechas y los regados. 

A Pepita yo la vi crecer más adentro mío que afuera (en esto sí es climatérica). Sé que hablar de ella no es lo mismo que decir la producción mundial de pepitas de guayaba. Yo la vi madurar sin que yo pudiera hacerlo. Lo que quiero decir es que cuando era más pequeña a los dos nos gustaban los mismos juegos, pero después ella fue encajando cada vez más entre lo técnico donde está Daniel, las mujeres florecen más rápido que los hombres, decía un libro de neurociencia pediátrica.

Pepa me supera y ella lo sabe. Ella es mejor (si no se entiende…). De buena cosecha, madurada hasta dejar caer los frutos por fuera, y luego producir más. Más frutos que no caen en mi boca, que no soy capaz de digerir, como los peomas de Rilke. Ella me gusta y no sé si lo sabe (es probable que lo sepa, todos lo saben) pero eso no es suficiente. Entonces hago lo que haría cualquiera. La escucho hablar otra vez de los bananos podridos y de las peleas de siempre como si hablara conmigo cuando solo habla para ella porque yo estoy aquí afuera y no adentro de ella, como quisiera estar.

2. Maduración poscosecha del fruto

Intensidad respiratoria y transpiración

Lo que quiero decir es esto: digamos por ejemplo que yo estoy aquí y que tú estás ahí cerquita y lejana, sentada y quieta como un durazno a lo lejos. Supongamos que la conversación lleva girando horas sobre frutas y familiares y otros de esos temas con los que mojas mi vida a diario. Imaginémonos, por qué no, que mientras tú hablas yo dejo mi ojos clavados de los tuyos, como colgando con ansias de lo que pueda vivir allá adentro. Tú me dices entonces que la pelea de ayer y tu mamá por culpa de los bananos podridos. Pero mientras tanto mis ojos van de aquí para allá desbarrancadamente entre tus cuestas. Yo te escucho, sé muy bien que ahora repites que siempre tu mamá y los malditos bananos, la pelea de siempre y tu cansancio. Pero mis ojos siguen cayendo suavemente por tu largo tobogán de cuello y jirafa y se me resbalan hasta los primeros botones, los más altos. Tu conversación de repente se empieza a hacer algo más emocionante, lo que en un principio era solo tu mamá y los bananos ahora incluye a un par de tías y a tu padre, que ha traído a colación las guayabas que se pudrieron en el viaje. Yo te escucho, te escucho, pero cada palabra que dices es una onda que rebota adentro mío como mandarinas  en mis manos. Mis manos son entonces los cordones de mis ganas y por eso las amarro, escondiéndome tras las veces en que nombras a tu papá en el carro y tus tías en el viaje y las guayabas que se habían caído del árbol. En ese momento me gustas por encima de tus palabras e imagino las yemas de mis dedos fritas por tu espalda como aceite entre mis dedos. Tú sigues todavía de paseo con tus tías y tu madre, y yo intento meterme entre los pedazos de coco. El coco, me dices, lo compraste tú para la llegada de ellos y su viaje. Que lo compraste ya abierto como veo yo ahora el primer botón de tu

Firmeza del fruto

Eso tampoco tiene sentido me digo y la samarilla se me emperibomba en la catarra, alguna paredondela me haces que no respondo pues no encrespo. En ese momento percibes fijamente mis opíparos y los relevas, relenteces, relazas y relavas, lo sabes todo, lo entiendes todo, lo que me paulinia para todos los lados, lo que he estado pensando. Entonces inclinando tu cabeza me acercas tu litargirio y lo blisteréas como a una máquina. Y algo como una mano tuya  que no es sino tu voz del otro lado me saca los sentidos de esto que me está pasando a mí solo, los ojos de esto como de un libro que estoy repitiendo y me dices que todo se acaba muy rápido y las imitaciones peor, las imitaciones no perlongan

Cambio de color

Justo en medio de los bananos me dices que te vas a ir [y yo sé que me quedo y que me voy a ir contigo y que te me vas a quedar aquí y yo nunca más voy a ser yo en ninguna parte. Algo así pero mejor dijo Pizarnik, ahora que recuerdo. Pero todo ya lo dijo alguien antes, le leí a B que leyó en A que lo escuchó de otro hace mucho tiempo, mejor dicho]. Esto ya me había pasado en un sueño repetido, pero en el sueño era más fácil y más rápido y por encima de todo me despertaba de golpe y ya nada de eso estaba pasando. En el sueño yo volvía de Bolombolo alegre por haber ido, y muy triste porque sabía que no iba a poder volver. Porque sabía que era totalmente imposible la idea de volver. Porque eso por allá estaba todo perfecto pero estaba todo rancio. En el sueño te hacíamos una fiesta de despedida, Pepita. Chirimoya y yo, y tus hermanos, te hacíamos una fiesta de despedida porque te ibas a Bolombolo probablemente para siempre y yo me preocupaba porque no sabía cuánto tiempo más iba a ser capaz de fingir que estaba alegre pero al final Chirimoya me decía que no me preocupara más porque la vida era eso. Como si Chirimoya ya lo hubiera vivido todo. Que la vida era esa repetición y hacer como si uno estuviera alegre.

3. Algunos tratamientos para perlongar la vida útil

Voy a ponerlo en estos términos porque ya es muy tarde para usar otros. Pepita se enfermó, fue atacada por una larva, y eso fue lo que la obligó a irse. La atacó un gusano blanco parecido al que ataca los tubérculos, pero de cabeza dura, de color amarillo rojizo. Un gusano también llamado Taladro, famoso por meterse adentro de la Pepita y luego comerse toda la pulpa sin tocar casi la cáscara.

El entierro fue enteramente simbólico porque ella de todos modos no iba a volver. Pepita no está muerta porque Daniel, en sus viajes, la ha visto. Lo que pasa es que ahora es más bien algo innombrable. Algo que ya es solo podrido y nada de fruta (culpa de los ataques de patógenos a la epidermis y la pulpa). Y Daniel dice que no me preocupe hermano que todas las Pepitas son iguales y que la vida es eso. El entierro consistió entonces en sembrar semillas de guayaba, fruta climatérica, de fácil producción en zonas intertropicales y subtropicales, muy útiles en multitud de preparaciones como jugos, dulces y néctares.

A esa fiesta de despedida ya no asistieron sus hermanos. Solo Chirimoya y yo, que no fue que floreciéramos más tarde como decía el libro si no que nunca lo hicimos. Nos quedamos pegados con los juegos (con los jugos) de este tierrerío, y para empezar a germinar empezamos por la despedida. Primero elegimos una temperatura alta y árida (como un poema de Rilke). Sacamos lo que nos quedaba de Pepitas recién extraídas y remojadas en agua tibia desde hace más de veinticuatro horas y luego  las sembramos y luego volvimos allá frecuentemente como un lugar de peregrinación y riego.

Daniel tenía razón. De esa Pepita surgieron muchas más. La producción se multiplicó por montones, y fue de tanta calidad que se agotaba ahí mismo salía.

Pero yo también tenía razón. Pepita fue única y esa marca que me quedó no fue solo de comérmela con los ojos y no poder avanzar más de esa frontera. Hay un mito famoso de un griego que fue castigado por su astucia con la ceguera y la obligación de subir una enorme roca a una colina, y después se le caía y tenía que volver a empezar, todos los días la misma historia, la misma condena. A veces pienso en eso y siento ese ruido ronco de tronco caído como algo que ya no rebota si no que se queda lejos…

Y a veces empiezo a decir cosas y luego ya no sé por qué las estaba diciendo. Yo quería era decir que ella era única pero que después todo siempre se me emperejila y se me embolata, y lo único que me queda al final y después de tanta palabrería en la boca es ese sabor dulzón de la pepita de guayaba que sigue madurando después de caída al suelo, porque es climatérica, como dice Chirimoya.


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