A veces recuerdo que, cuando todavía estudiaba Derecho y todavía dudaba de que la literatura fuera algo real, Inés Posada dijo en una clase que la mejor forma de acercarse a la poesía era volver a asustarse con las palabras. Luego oí a Borges decir que cada palabra era ya un poema. Luego escuché decir a Inés que la razón de la poesía no se agota en la razón, porque hay una razón racional, y una razón poética, y entonces la ensoñación poética no es una evasión de la realidad, sino una forma de llegar a ella.
Ese mismo año, cuando ya no podía escuchar a Inés en clase, soñé una vez que la facultad de Derecho se quemaba y yo escapaba del edificio en llamas con ella. Y luego, al otro semestre, tal vez por otras razones que no importan tanto como el sueño y la ficción, ya nunca regresé a esa facultad.
Años después leí a Saer diciendo que la narración no es una operación de la inteligencia sola, sino que se narra con el cuerpo entero, y que la somnolencia es el medio natural de la narración; que la razón, en ese río espeso, que es el irregular ritmo de la vida, se abre apenas un camino, siempre fragmentario, y tortuoso.
Décadas después pienso, siento, con toda la sinceridad, con toda mi razón, y el cuerpo, y la ensoñación, que la única realidad a la que tenemos acceso proviene de la literatura, de la ficción.
2 de noviembre de 2026
Descubre más desde Felipe Carrillo Alvear
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Deja una respuesta