Según Juan José Saer, en «La invención de Morel», la realidad entendida como una supuesta universalidad de las percepciones humanas y de cierta existencia constante de esas percepciones es una ingenuidad:
no hay más que cierto flujo, continuo, confuso, indefinido, neutro, que produce, por momentos, nudos fugaces, aglomeraciones, cuya significación depende en gran medida de la contingencia que es la materia misma de la conciencia que observa y clasifica. La primera mediación objetiva entre ese flujo y la conciencia es el concepto de realidad.
En otras palabras: la realidad no es un referente objetivo y universal, sino una percepción momentánea del mundo. Lo que se ha entendido como realidad y lo que se ha entendido como ficción se diferencia en la verificabilidad de lo afirmado. Pero lo verificable es por lo general lo anecdótico y lo secundario a la realidad, a lo que se constituye como un elemento significativo en nuestra percepción e interpretación del mundo. En «El concepto de ficción» Saer afirma, entonces, que ese salto hacia lo inverificable que hace la ficción no existe para eludir la realidad, sino para multiplicar las posibilidades de su tratamiento, no se hace para negar una realidad objetiva, sino para sumergirse en esa turbulencia, en esa espesa selva virgen. A diferencia de lo que se nos quiere hacer creer la realidad no es la verificable, sino la incierta:
pensar y actuar no consiste en superponer capas planas de realidad y cortar lo que sobresale, sino en aceptar su diversidad y su amenaza, aunque al contacto de su ardor nuestra omnipotencia quede chamuscada, afirma en «Roberto Arlt».
Mirar a los ojos la realidad, entonces, es poner en duda el mundo, no creer en él. La ficción, según Saer, es entonces una profundización de la realidad, y una antropología especulativa, no una reivindicación de lo falso.
La literatura pone a prueba, en la multiplicidad de sus pulsiones, el racionalismo imperante. Esto es: la literatura (leer y escribir) no es un ejercicio meramente del intelecto, sino que pone en movimiento todos nuestros componentes, sumergiéndonos en un entresueño que es de índole pulsional, en el que la razón interviene de vez en cuando y de un modo diferente cada vez, afirma Saer en «Literatura y crisis argentina». Y en «Narrathon» repite:
narrar no es una operación de la inteligencia sola: es el cuerpo entero el que la realiza. Y la inteligencia no ocupa, en el todo, más que un lugar reducido. El medio natural de la narración es la somnolencia. En ese río espeso la inteligencia, la razón, se abre a duras penas un camino, siempre fragmentario, tortuoso, arduo.
Y en «Santuario, 31» insiste:
toda lectura es interpretación, no en el sentido hermenéutico, sino más bien musical del término. Lo que el lector ha vivido le da al texto su horizonte, su cadencia, su tempo y su temperatura.
La literatura que persigue Saer tiene su fuerza gravitatoria en la poesía, que es naturaleza y no lenguaje. Afirma en «Sobre la poesía». Y la finalidad de la poesía es intentar recoger esa naturaleza cruda, en estado puro, mediante un extrañamiento, lo que atenta contra el prejuicio de la razón. La literatura es pues el intento de convertir ese extrañamiento en lenguaje.
Algunas formas o estructuras ficcionales en las que se ve esta otra razón o prerrazón con más claridad es en la diferencia que hace Kierkegaard:
recordar no es de manera alguna algo idéntico a acordarse. Es así como uno puede muy bien acordarse de un acontecimiento, de punta a punta, sin necesidad de recordarlo. La memoria no desempeña [en ese proceso] más que un papel despreciable.
El orden del recuerdo, dice Sartre, es el orden del corazón. El recuerdo es aquí no un azar ni un flujo ciego, sino un orden diferente, previo o superior a la razón habitual, una lógica que el sujeto se construye con el fin de intercalar en la dimensión de una experiencia inasible cierta coherencia, como dice Saer en «Tierras de la memoria». También Freud (al decir que la poesía, especie de acto fallido, obedece en cierta medida a los mecanismos del lapsus linguae en El chiste y su relación con el inconsciente) afirma que el poeta corre el riesgo de poner al desnudo, desnudándose a sí mismo, aspectos insospechados de la condición humana y de la relación del hombre con el mundo. En otras palabras: en esa relación entre error y comunicación se da el descubrimiento de algo cierto y oculto sobre nosotros mismos (como individuos y sociedad), que se escapa a la represión de la razón; y en esa estructura reposa un fundamento poético que la literatura intenta manifestar mediante el lenguaje, y que se escapa al control social y racional, como afirma Saer en «Una literatura sin atributos».
Si la ficción es una profundización de la realidad, pero la realidad es insabile, entonces narrar (ese ejercicio ineludible que todos hacemos constantemente para darle sentido a nuestra vida) es dar testimonio de la percepción personal del mundo, con todos los errores y oscuridades que se puedan tener.
La literatura, que es una forma especial de la narración, entonces, no debería confundirse con una evasión mecánica o hedonista del mundo, sino que debería ser una evasión de los convencionalismos, una forma de hacer presencia en la vida propia. Narrar empieza donde termina la anécdota, dice Saer, y narrar no es copiar lo real, sino inventarlo, y cargar de sentido la materia neutra mediante una forma inédita y vivaz, como escribe en «La canción material».
Para narrarnos nuestra vida con el cuerpo entero y presente, y no solo con la verificación de la capa informativa más superficial del mundo, importa el cómo, más que el qué, porque narrar es, en últimas, aprender a decir lo indecible, lo que escapa de las normas generales del lenguaje. Y enfocado en el cómo, en ese acto de narrar, la inteligencia no ocupa sino un espacio, porque se narra con el cuerpo presente entero destinado a la imaginación de la verdad.

Deja una respuesta