Toda sangre llega al lugar de su quietud [Sobre Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín]

*

Esta vez, primero lo menos importante: Lucía Berlín, la autora de esta antología de cuentos, tuvo una vida diversa en cuanto a los lugares (geográficos y de clase social) en que vivió, también en cuanto a sus relaciones amorosas, familiares, su salud y su vida laboral. Tuvo una vida repleta de sucesos brutales y dispares. O sea que dentro de su vorágine también tuvo periodos de privilegio, de calma y de felicidad. En «Triste idiota», la narradora, ya mayor, frente al juicio que le hace alguien que se enamoró de ella desde la juventud, y que en cambio vivió la vida apacible y privilegiada que ella pudo tener, lo cuestiona a él cuando le dice que no va al pacífico mexicano porque después de conocer la costa de Chile le parece aburrido:

— ¿Cómo es posible que un océano te parezca aburrido? Pregunta ella.

— ¿Y a ti, qué te parece aburrido? Contrapregunta él.

— Nada, la verdad, jamás me he aburrido.

— Claro, pero has hecho las mil y una con tal de no aburrirte [él aparta el sándwich que se quería comer, sin tocarlo, y le pregunta] Carlotta, querida… ¿cómo piensas recoger los pedazos de tu vida?

— No quiero ninguno de esos viejos pedazos. Simplemente sigo adelante, procuro no hacer daño a nadie.

— Dime, ¿qué crees que has conseguido en la vida?

No se me ocurría nada [piensa ella] —No he probado el alcohol en tres años [dice]

— Dudo que eso pueda considerarse un logro. Es como decir «No he asesinado a mi madre».

— Bueno, eso también lo he conseguido, por supuesto [contesta ella sonriendo, luego se come todos los triángulos de su sándwich, y el perejil].

Él se llama Basil. Se enamoró de ella desde que la conoció en la juventud y ella le enseñó a bailar, en Chile. Desde ese momento él le escribió poemas y la felicitó sin falta, donde sea que estuviera, el día de su cumpleaños. Ella nunca estuvo enamorada de él, pero él siempre estuvo ahí, él nunca la besó, ni siquiera le daba la mano cuando se veían cuando él la visitaba a la hora del té, eran otros tiempos y eso era muy serio en esa época, dice ella, en la narración. Ahora, años después, Basil visita y juzga a Carlotta por la mala vida que se dio. El cuento se llama «Triste idiota», Basil quiso ser poeta, y tampoco (como con el sándwich, como con Carlotta) lo pudo ser. Basil quiso ser poeta y antes de terminar el cuento él le pregunta a ella cuál verso resume para ella la esencia de la vida. Y ella piensa en unos versos en los que Silvia Plath exorciza y mata simbólicamente la imagen de ese padre opresor que alguna vez vio como un Dios, pero en cambio dice unos versos que ni siquiera le gustan, para retarlo a él: «no entres dócilmente en esa noche quieta». Y él entiende y le responde que los versos de él son de Yeats: «sé ignoto y solázate», un poema que habla de aceptar algo más difícil que el triunfo: ser discreto y regocijarse.

El cuento se llama «Triste idiota», como si fuera un juicio, pero al final del cuento, y al final de la vida, no lo es. La vida es una narración, pero no está escrita, no se puede escribir, no se puede reducir, no se puede terminar. Y eso es lo que hace Lucía Berlín, se inventa la vida que nunca deja de vivir, sin condescendencia con quien escucha, sin complacencia frente a la economía de la brutalidad, o de la felicidad. La biografía, entonces, es lo menos importante, lo principal es la forma de contar, que ella busca sumergiéndose en cada onda de ese océano que no deja de revolcarse en la gravedad.

Luego está la traducción: para un latinoamericano el español de España es más engañoso que escuchar el inglés inglés. Uno lo traduce pero lo siente todo el tiempo como una sobreactuación. Irreal. Lastimosamente el libro que tengo está traducido, por Eugenia Vásquez Nacarino, al español de allá. Más adelante quiero leerlo en inglés, para vivirlo en español. Más que decodificar, traducir es rescribir algo, inventarse lo que ya existe. Encontrar el significado que más se acerca al mismo acto comunicativo, de un idioma a otro, es también escribirlo por primera vez. «En toda luna, todo año», la protagonista es profesora de español en Estados Unidos, y quiere reaprender un poema en su idioma, en su voz. El poema es de Chilam Balam, ha sido traducido del maya al español y ella lo quiere decir en inglés. Pero no encuentra las palabras, aún: «toda luna, todo año, todo día, todo viento camina, y pasa también. También, toda sangre llega al lugar de su quietud». La protagonista se llama Eloise Gore y no sabe qué hacer con su vida después de la muerte de su esposo, durante un tiempo se ha refugiado en las clases que da, durante el verano también, pero ahora ha decidido hacer lo que hacía antes en vacaciones, con su esposo, ir a un lujoso hotel de playa en México.  

Una vez allá, en el restaurante, en todas partes, la vida se siente irreal, artificial. Le recuerda a algo que ya no está, algo que no puede dejar de nombrar, pero no es capaz de decir. Abrumada por esa sensación Eloise decide alejarse del hotel, hacia la selva y la playa salvaje. Ahí encuentra un grupo de pescadores y buceadores locales, que la acogen y le dan un lugar para dormir sin pedirle nada, sin preguntar, un grupo de personas amable que, lentamente, sin que ella lo pida, le va enseñando a sumergirse en la profundidad del mar. Sumergirse, para Eloise, es como separarse de la realidad, sin dejar de estar, «sin peso la persona se pierde a sí misma como punto de referencia, pierde su lugar en el tiempo». Ese viaje, hacia el fondo, es el viaje de Eloise, pero en el camino encuentra a otras personas que le ayudan a volverse a nombrar. Mientras pasan los días, y le enseñan el mar, los pescadores y los buceadores la miran a ver qué tan profundo puede entrar. Eloise es fuerte, es brava, Eloise, en la barca, pensando en ir más profundo aún, cierra los ojos y encuentra por fin su forma de acabar el poema: «and thus all blood arrives/ to its own quiet place». Más adelante, en el tiempo, y en el mar, buceando sola, va a encontrarse a César, su amigo y profesor, se lo va encontrar en ese no lugar nuevo que es lo hondo y superficial del mar: «lo vio a lo lejos y se lanzó a su encuentro entre las escarpadas paredes de roca. César la esperó en la oscuridad moviendo apenas las aletas y entonces la atrajo hacia él. Se abrazaron, sus reguladores entrechocaron. Al notar que la estaba penetrando, entrelazó las piernas a su cuerpo mientras daban vueltas y ondulaban en el mar oscuro. Cuando César se apartó, el esperma quedó flotando entre los dos como tinta blanca de pulpo.  Siempre que Eloise rememorara la escena en el futuro no sería como suele recordarse a una persona o a un acto sexual, sino más bien a un fenómeno de la naturaleza, un ligero temblor de tierra, una ráfaga de viento en un día de verano».

Y esa, creo yo, es la forma de narrarse, traducirse e inventarse la vida que hay en estas ficciones de Lucía Berlín, no como a una escena para comprimir una acción, sino a la vida, con toda su bestialidad y vigor, como un fenómeno de la naturaleza, un ligero temblor de tierra, una ráfaga de viento, un día de verano.

Esta antología tiene 43 relatos, en este comentario yo solo menciono dos. Me recomiendo releerlos, cada uno de los 43, y buscar los demás, porque no se cierran, no se acaban, y no se dejan, sin importar cuántas veces se digan, de nombrar.  


* Lucía Berlín (2016) Manual para mujeres de la limpieza. Editorial Alfaguara. Traducción del inglés de Eugenia Vázquez Nacarino.


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