Mi mamá es una persona directa, hiperactiva, reactiva. No le gusta leer, no soporta esperar, le cuesta demasiado frenar sus reacciones. En el mundo de ella el valor de la forma de decir las cosas, palabra a palabra, es cercano a cero. Ella puede entender que el tono y las formas tienen un efecto distinto en un contexto distinto, le gustan algunas ficciones, como a todos, porque la hacen sentir cosas que le gusta sentir, pero no le gusta reflexionar sobre ellas. No tiene tiempo (aún si no tuviera nada qué hacer por años lo tendría) para pensar en la sensibilidad estética de cada palabra. Usa las palabras como las tijeras, para cortar, y nada más. Alguna vez estuvo enferma por meses, después de estar enferma por décadas, y, cansada de todo lo que sentía, empezó a nombrar sus síntomas: siento algo mordíéndome todos los huesos, decía, siento que me llora el pecho, siento un animalito con garras corriéndome en la espalda. Y, más allá del dolor encarnado de esas palabras en mí, pensaba, también, que, tal vez, leer sirve para darse cuenta, en una caso de estos, de la belleza, que no deja pasar la emoción de largo, pero, también, que, para hacer literatura, basta solo con tener la urgencia de decir algo, con el dolor del cuerpo entero.
30 de octubre de 2026
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