Esta herida vacía de peces aún

[i]

Primero está la anécdota:

Una mujer recibe de otra un bebé, sin explicación. La mujer que recibe el bebé no encuentra otra alternativa a criarlo. Con el tiempo, la que lo cuida se va a haciendo mamá. Se hace a la idea de serlo, a la materialidad de serlo. Es joven, no ha tenido hijos antes. La mamá adoptiva vive a varios pueblos de distancia de la biológica, algunos años después la mamá biológica la llama: quiere ver a su hijo.

La narración empieza con el relato de ese viaje de regreso, alargado, porque la mamá adoptiva no quiere entregar al niño. Un viaje de regreso por un río donde cada cierto tiempo suceden eventos dramáticos que todos asumen como la normalidad, por culpa de la precariedad de la situación. En el camino ve hombres armados, casas incendiadas, un aborto espontáneo que termina con la muerte de la mamá. Al llegar al destino la mamá adoptiva, que hasta ese momento siente rechazo por la obligación de entregar al niño, escucha la historia de la mamá biológica y todos sus hijos muertos por la violencia. La mamá adoptiva entiende empáticamente a la mamá biológica, y acepta la idea de entregar al niño, o de compartirlo, por más que el niño diga que él solo es de él. Antes de regresar sucede una masacre, los civiles se esconden en la iglesia, muchos, la mayoría, mueren, sus cuerpos quedan desmembrados, entre esos, muere el niño y la mamá biológica. Y la mamá adoptiva sobrevive intacta, y acompaña los entierros, al final.

Ahora, lo que define a una ficción no es la anécdota: es la forma de contar y el foco central de lo que se cuenta.

Resulta que la mamá adoptiva es blanca, y la mamá biológica, como el niño y casi toda la gente del viaje de regreso, es negra. La novela, que de lejos parece ser sobre la maternidad, es en realidad sobre esa diferencia. Sobre ese mundo negro (la narradora diría sombrío y tosco y precario) desde la mirada de esa mujer blanca que se ve obligada a vivir ese mundo desde adentro. La herida (llena de peces) abierta es esa mirada sobre esa región, no la maternidad.

Al elegir esa forma de contar, y ese foco narrativo, si quisiera no ser racista, la narradora tendría que ser capaz de mirar ese mundo diverso, como cualquier otro, y narrar el conflicto incluyendo sus individualidades, ambigüedades y complejidades, sin categorías ni estereotipos reduccionistas. Pero hace lo contrario: narra ese universo de forma ingenua y condescendiente. La narradora quiere no ser racista, quiere decir que ella quiere y admira a la gente negra y en cambio le parece sin gracia ella que es blanca. Pero se equivoca, al momento de narrar no ve personas y diversidad, complejidad e incertidumbre, ve categorías: negro, blanco, mamá, niño, pobreza, no pobreza, violencia, no violencia. La forma elegida de narrar, tal vez involuntaria, pero indiscutible, es la de una narradora que vive en un mundo privilegiado comparado con el que ve, y que señala constantemente la precariedad de ese mundo que ve, lo señala con condescendencia como quien no quiere condenar, pero, qué lástima, no puede evitar una mirada ingenua y superficial que termina siendo racista al enfocarse en esa diferencia como conflicto central.

Dentro de la novela, en la primera parte, hay una anécdota en la que todo esto se puede ilustrar: de niña la narradora está en un colegio en el que es la única blanca, van a representar la colonización, separan los grupos entre indígenas, esclavos, y un colonizador español. A la narradora le toca ser el colonizador español. Las otras niñas se burlan. La narradora blanca llora y dice que ella quiere ser esclava como las demás.

Hay un racismo, tal vez complejo, para muchas formas de mirar, en ese yo también quiero ser esclava en ese me siento discriminada por ser blanca en este mundo negro. Es racista, aunque no se vea la intención deliberada, decir que se quiere ser esclava como los demás sin entender qué ha significado la esclavitud, como si fuera un tema de categorías y ya, un juego infantil, como si la discriminación no viniera con violencia y explotación por generaciones, una discriminación que las personas que estamos más cerca de los centros dominantes (desde lo cultural, económico y político) no podemos entender, y que, sobre todo, no entendemos cómo existe y es constante y está presente en las cosas más aparentemente inofensivas de la vida cotidiana. Y no entendemos porque nosotros vivimos dentro de la normalidad (que no es más que una forma solapadamente violenta de llamar a un centro de poder).

Mucho se ha hablado sobre el racismo en esta novela. La reseña de Velia Vidal en Cerosetenta está muy bien escrita y argumentada. No escribo esto para repetir, ni para juzgar a la autora. Lo hago porque la conversación sobre la literatura me parece escasa y se va casi toda, siempre, en cosas que no son la literatura sino en la representación social o política de alguien o algo que no tiene que ver con la literatura. Como si lo literario, por sí solo, no existiera, o no dijera nada, o no tuviese valor. Hablo de esta novela porque, primero, para mí, conversar con sinceridad de lo leído hace parte del ejercicio de leer y de lo que debería representar la literatura honesta (sin el afán comercial) en la sociedad. Y, segundo, y, sobre todo, porque me asombra lo mediocre que es por lo general, y en lo que conozco, el ecosistema editorial y literario.

Porque esta novela es un éxito en ventas, y, en mi opinión (no tengo otra), está evidentemente mal escrita no solo desde el tejido sino desde la planeación, mínimo, por lo siguiente:

1. Tiene un mal inicio (y un mal enfoque): las primeras páginas están dedicadas al conflicto de ser blanco en un mundo negro, con metáforas como las de los pájaros bonitos y los pájaros sombríos de la muerte:

(Página 10)

 Las mañanas son de las aves, cantan desde los árboles que se elevan a la orilla del río; hasta las más jóvenes tienen un nido de polluelos, desnudos, indefensos, hambrientos.

Ma, mira un pajarito— dice.

No es un pajarito, es un gallinazo — respondo con la boca llena de mango.

El gallinazo cabecirrojo descansa sobre una bolsa de basura. No quiero explicarle al niño la diferencia entre un animal tan sombrío y un pajarito, y él tampoco pregunta. El animal alza el vuelo y la corriente se lleva la bolsa río abajo.

¿Qué nos dice este primer impacto estético que nos propone la narradora en la primera página? Que ella está preocupada por su polluelo, y que donde el niño ve la misma belleza de otros pajaritos la mamá ve una relación inmediata con la basura y la muerte. Y no quiere explicar el porqué de esa diferencia (para ella) de forma directa y explícita, ¿por qué será que no quiere? Lo que nos dice esa imagen es que hay pajaritos bonitos que cantan y pájaros sombríos que se alimentan de basura y muerte. Ese es el conflicto de esta novela: la preocupación por el lugar a donde tiene que llevar el niño esta narradora.

Desde la primera página está. En las páginas siguientes se extiende: el desarrollo no se centra en la preocupación por el niño, en el conflicto de la maternidad adoptiva, se centra en la descripción del lugar desde la mirada de la narradora blanca ( y digo esto porque es lo que más repite cada anécdota y cada suceso y cada descripción que un lector desatento podría llamar potencia poética [pero el lenguaje figurado de la negra como el cacao y el pájaro sombrío y olor de ese río a álbum viejo de fotos no debería ser confundido con potencia poética, porque está claro que habla figuradamente, pero las elecciones que toma para hacerlo son lugares comunes mal escogidos por lo que podrían comunicar; y esa debería ser una de las labores principales del proceso de edición]).

Me sorprende, también, la necesidad de la narradora de nombrar a la mujer negra como el cacao, no solo por la impotencia poética, sino porque la narradora, se supone, ha vivido en esa misma región toda la vida (Quibdó y Bellavista), y aun así necesita nombrar como algo exótico lo que siempre ha visto. Entonces, ¿a quién le habla esa narradora?, ¿a quién le importa saber eso? A los lectores que se puedan asombrar o maravillar por el relato de la diferencia. No al niño (que además no tiene nombre), no a una mamá preocupada.

Eso es algo que se debería conversar en alguna parte del proceso de creación, y sobre todo es algo que se debería discutir en algunos de los tantos procesos de edición que ha pasado esta ficción, porque escribir es un acto colectivo que crece y se pule a partir de la exposición.

Ese impacto de lo “incivilizado” frente a nuestro mundo hegemónico conocido es algo que se repite constantemente en esta ficción, para reforzar estéticamente el conflicto central. Y ese es un recurso al que le falta madurez y desarrollo, porque es ahí donde más se cae en los juicios de valor “involuntarios” y, sobre todo, en la mediocridad estética. Algunos ejemplos de esto están en:

  • La página 34, cuando la narradora cuenta su llegada a Quibdó, de niña, de paso a Bellavista, y uno de sus primeros descubrimientos, en ese lugar de techos verdes, es ver niños amontonados en los árboles, niños de diferente color. Luego ve una mujer cargando un paquete pesado y dice que camina de lado y que desde que salieron hacia allá todo está de lado. Después de decir eso de los niños de diferente color, descalzos en los árboles, y el mundo de lado: dice que le gusta ese mundo por los niños que juegan, la cantidad de verde, y el sol.

Es un recurso que se repite: impacto estético racista (descubrimiento de un nuevo mundo “incivilizado”) continuado de una explicación en la que se dice que quería decir lo contrario a lo que hace sentir lo que dice. Yo presumo la inocencia de la narradora, creo que describe así el mundo por falta de madurez narrativa, falta de conocimiento y profundidad de lo que comunica el lenguaje figurado, y, sobre todo, por el afán de publicar, tan corregible con un buen proceso de edición.

También en la página 39 describe las islas minúsculas que crea el río Atrato sobre la tierra como el pelo de un perro callejero, también lo dice en la página 150 para describir la iglesia, ahora en voz del niño, que la ve del color de la barriga de un perro callejero. La descripción estética relacionada con el abandono y la suciedad de un perro callejero, es una repetición.

En la página 134 mata un zancudo con las palmas, y cuando el niño llora por fin se anima a explicarle que ellos no pueden ser amigos de los zancudos. Por el mismo motivo por el que los gallinazos no son pajaritos, supongo. Es un impacto estético que se repite, y que define la sensación de la narradora en ese lugar, de principio a fin.

En la página 142 describe el río Atrato como un río negro con brazos que alimentan a pueblos. Y se describe a sí misma como el puente para que la mamá biológica y el niño atraviesen el pantano hasta ese río. En la página 161, mientras habla con la mamá biológica, un mesero pone una canción del grupo Niche, y la narradora nos la nombra, para que la escuchemos bien: «blanco corriendo atleta, negro corriendo ratero, blanco sin grado doctor, y el negrito yerbatero»… la sensación de la diferencia, antes que la sensación de la preocupación por la maternidad, es lo que atraviesa toda esta narración. Lo blanco y lo negro. Dicho con todos los recursos, pero simplificados a más no poder.

Sigo pensando: hay muchísimas formas de narrar esto mejor.

Sin importar si el conflicto es la maternidad adoptiva que la narradora no quiere perder, o la mirada asombrada sobre un lugar, o los dos, u otros, es una pésima elección poner ese conflicto de la diferencia del lugar en primer plano. Y además elegir nombrarlo con categorías simples como blanco, negro, rico, pobre, violento, amable, etc. Porque mirar la diferencia es adoptar una posición. Algo solo puede ser diferente si estamos alejados y desacostumbrados a eso, y elegir la diferencia a través de categorías simples es, casi siempre, un error estético y significativo que empobrece la experiencia de lectura. Si el enfoque es la maternidad y la preocupación de la madre por su hijo, y la narración sobre el lugar se dice sin categorías simples sino con relatos muy secundarios que hagan que sea el lector el que tenga que hacer el esfuerzo de imaginar y entender, entonces la ficción gana en complejidad estética y significativa (aunque quizá sea menos exitosa comercialmente porque no le hablaría directamente a un público blanco y acelerado sino a personas dispuestas a esforzarse para aumentar la experiencia de leer). De cualquier modo, si se elige narrar de forma descriptiva y figurada una región, desde la diferencia, el esfuerzo por no usar metáforas que terminen en juicios de valor ni en lugares comunes debería ser un objetivo principal.

2. La necesidad de repetir lo ya dicho, de explicar, de opinar y desarrollar juicios de valor.

En la página 20 y 21 el niño negro sin nombre le pregunta a la mamá blanca sin nombre: ¿por qué soy negro y tú blanca? Y eso le permite a la narradora, otra vez, explicar: [1] si hubiera nacido de mí quizá habría podido explicarle que en el mundo hay personas de diferentes colores [2] Carmen Emilia toma la cáscara de banano que llevo en las manos y la manda a volar. Se queda mirando el río, café como ella, como la madera de la canoa, como el niño [3] Para un niño una mamá es la persona que pregunta si quiere leche en el chocolate, es la persona que está [4]porque tienes dos mamás [5] con la hoja pintada sobre la mesa le expliqué que así es el mundo, colorido, y que eso incluía a las personas, que somos naturaleza [6] Tomé una hoja, dibujé dos mujeres: una negra, otra blanca, y un niño, negro también.

6 explicaciones atiborradas en dos páginas, 5 sobre el color de piel, 1 sobre la maternidad. Las explicaciones siguen después, las da el niño, las da Carmen Emilia, casi todas tienen que ver con el color. Por qué ese color diferente de piel, responden todos, a su modo. ¿A quién le hablan?, ¿qué tipo de lector necesita una novela de explicaciones acerca de la diferencia de colores de piel?

En la página 28 Carmen Emilia le explica durante una página a la narradora por qué no se debe sentir culpable por ser blanca. ¿A quién le habla esa explicación?

En la página 38 la narradora nos explica el significado de las trenzas y otras costumbres de los afrodescendientes. En la página 129 sigue explicando, tanto, que decide explicar por qué explica: porque tener un hijo es buscar formas de explicar el mundo, dice, justo cuando ha decidido empezar a explicarnos la existencia del conflicto armado. En esta novela los lectores somos niños, no el niño de ella, sino niños que hacen un viaje de regreso a un lugar en el que todo es distinto y asombroso y necesita explicación, sobre todo la diferencia de colores, necesita explicación, claridad.

Las explicaciones, en literatura, son una forma de estafar e infantilizar al lector. Porque remplazan esa recreación compleja e imposible de la realidad, que es una ficción, con una información directa que un emisor transmite a un receptor. Las explicaciones, en literatura, funcionan cuando no intentan explicar, sino aumentar la riqueza de la ficción. En este caso, en cambio, están ahí para repetir lo que ya se ha dicho una y otra vez en la mayoría de páginas desde que el relato empezó, están ahí para reducir la ficción a su mínima expresión: hay gente con piel más clara y gente con piel más oscura, y aunque tengan con frecuencia una relación conflictiva lo común es que se mezclen y convivan sin importar el color, y que compartan una identidad. La maternidad, en este caso, es una metáfora del conflicto de la identidad que va más allá del lugar de origen; o sea que el conflicto no es la maternidad (repito) sino la identidad en la diferencia. Y eso es algo que se repite en esta novela hasta la saturación. Con la amplificación de un solo ejemplo: sentirse blanco en un mundo que se siente negro. 

3. En esta ficción hay muchas metáforas que son como lemas publicitarios, porque se fuerza la emoción que se quiere generar en quien lee, sin que la belleza o la coherencia del campo semántico importe mucho. Hoy leí un consejo de una editorial de poesía: escribir intentando ser poético no solo no es poético si no que es no tener voz propia. Y yo siento que, en esta ficción, en el lenguaje estético, sucede eso con frecuencia: se utilizan recursos visuales efectistas que parecen pertenecer al lenguaje de la publicidad, y no de la literatura.

En la página once la narradora nos dice que el pueblo amanece con la ilusión de un niño que abre un libro por primera vez. Y esa metáfora logró transportarme a la feria del libro de Bogotá, llenos de personas con libros comprados que nunca abren para no perder la ilusión de leerlo. En todo caso, no sé qué tiene que ver esa metáfora en esta ficción. Tal vez si dijera algo así como que el niño negro abrió un libro de páginas blancas que no son como él, ahí sí sería el mismo lenguaje del resto de esta ficción.

Luego, en la página 16, a la mamá se le sale una lágrima del ojo derecho (?) hacia la boca del niño, que se la traga, y Carmen Emilia que está en la barca con ellos le dice de inmediato a la narradora que el niño se tragó la lágrima de ella, y entonces la narradora responde que nunca pudo darle pecho. No creo que sea necesario argumentar lo inverosímil y forzado de esa escena, pero entiendo que sea efectiva como en la publicidad, porque comunica de una forma visual y muy directa el llanto y la incapacidad de dar leche. La publicidad, con frecuencia, es un lenguaje figurado que incluye la explicación, para poder vender. Y esta novela se desenvuelve en ese código bien.

Y hay más ejemplos, lo de que aprender a ser grande es aprender a leer el reloj para decir ya casi, en la página 31, es una bobada que parece decir algo significativo; en la página 73 hay lágrimas de cocodrilo, para no desperdiciar la oportunidad del lugar común; en la página 111 la narradora se cansa de decir que el mundo es verde y entonces dice que los plátanos son más verdes que el verde por dentro. Y esa es otra forma de parecer que se dijo algo, sin decir nada, como sucede con frecuencia en la publicidad.

4. Lo peor que tiene esta novela, desde la redacción, es el final. Tanto, que no entiendo cómo es posible que haya sido publicado, tanto, que no entiendo cómo es posible que no haya cambiado al pasar a otra editorial.

El final es la narración amarillista de la masacre de Bojayá, en la que la narradora blanca es una de las pocas sobrevivientes, y quien, durante la explosión del cilindro en la iglesia describe los cuerpos negros desmembrados sin parar, le importa mucho que son negros, inclusive ahí, inclusive el de “su niño” sin nombre.

Desde la estructura narrativa terminar el conflicto de la preocupación por el lugar a donde lleva el niño, y la preocupación por la maternidad, y la narración en segundo plano del conflicto armado, con una bomba que mata a la mamá y al niño, es un deus ex machina grotesco. Desde lo estético rompe abruptamente el desarrollo menos sangriento y directo de todo el resto del relato, en el que suceden varios eventos dramáticos que sin embargo se asumen y se atraviesan como si fueran el paisaje de la región. Y lo rompe porque este evento detiene la narración para hacer un espectáculo de sangre como si fuera el peor guion de Tarantino.

Desde lo significativo los conflictos planteados de la diferencia, la maternidad y la guerra quedan sin resolver no porque tengan un final abierto, sino porque la historia termina de una forma incoherente con el resto del relato que renuncia a presentar el final como un desarrollo, y lo presenta en cambio como algo que nunca importó, en primer lugar, como si la narradora se hubiese levantado de una pesadilla al final.

¿Por qué hace eso? Supongo que por una mezcla de inmadurez narrativa junto con una ambición de hacer una historia impactante sobre el conflicto armado y sobre el Chocó. Es la resolución que la daría un niño a una historia, por no entender de qué está hecha, pero teniendo ganas de crear una emoción importante al final.

La historia real, en una ficción, es falsa cuando no cabe dentro del pacto ficcional, cuando no es coherente con el tejido anterior. Porque una ficción es una forma de representar una mirada (compleja, diversa, inalcanzable), una realidad personal, singular. Pero en cambio, en esta novela, siento que el final existe para apropiarse de una representación (de ser mamá, niño, negro, blanco, estar en la guerra o no). Esta novela es un esfuerzo por apropiarse de unas representaciones para hacer una historia efectiva, o sea una estereotipación. Y una buena ficción, pienso, debería ser lo contrario (repito): una exploración compleja, singular, ricamente estética, y honesta, de la siempre esquiva realidad.

***

Aun así, esta ficción tiene momentos buenos. Por ejemplo el título; el lenguaje del niño a veces, como cuando dice que encontró las orejas de las flores; cuando describe el lugar como una comunidad de peces; cuando la narradora se describe a sí misma blanca como un pescado por dentro; cuando hace la analogía de la maternidad adoptiva con la de un brote que le sembraron al lado; cuando llega al final antes del final con las dos madres y el niño compartiendo una hamaca con esfuerzo y satisfacción.

Y es eso lo que me hace pensar doblemente en el ecosistema editorial, comercial y lector, más que en quien realiza la ficción, porque en un mundo en que hubiese un mejor filtro esta ficción podría haber sido mejor escrita [todavía podría ser mejor escrita, claro, pero cuando algo se vende mucho a nadie le importa que esté bien hecho, esa es la ley actual]. Pero para tener más calidad narrativa hubiera necesitado más madurez: ideológica, literaria, estética y de experiencia de vida. Para ser realizada con una voz propia que asuma riesgos reales a la hora de narrar, no riesgos superficiales dirigidos a una comunidad políticamente tibia o acomodada en un centro de poder.

A pesar de mi opinión, esta novela ha pasado por miles de lectores, calificados y consumidores, editoriales, revisiones académicas, ejercicios de corrección y, que yo sepa, nunca se ha tomado una decisión diferente a reimprimir. Porque cuando la gente la lee llora, porque hay gente blanca que se conmueve con ese mundo negro y se siente representada con la maternidad de esos niños sin nombre que mueren desmembrados. Porque lo literario es secundario cuando la telenovela funciona, como en los realitys, como en la publicidad. Y eso me decepciona: el ecosistema literario devorado por la superficialidad ideológica y la mediocridad narrativa, por la mediocridad comercial, que reproduce discriminaciones estructurales, miradas dominantes y condescendientes y exotizantes, dichas de forma deficiente pero efectiva para hacer llorar, o sea para vender.

Yo leo esta novela, y más que ser condescendiente y decir que tiene momentos de potencia poética rescatables, pienso que es una narración que pudo ser contada mejor, desde lo literario y no solo desde lo ideológico, pero para eso hace falta algo que creo que todavía no existe significativamente en posiciones de poder en el ecosistema literario que conozco: buens editors, lectors, escritrs, formadors literaris. Algo que en la medida en que el capitalismo avanza parece involucionar: porque al ecosistema literario general le hace falta madurez, y le sobra infantilización.


[i] Salazar Masso, Lorena (2021) Esta herida llena de peces. Angosta: Colombia.


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