Animalia

Adentro, Matías, el adolescente, no adolecía de nada, tenía diferentes empleados (como yo) que se encargaban de cualquiera de sus necesidades. No se tenía que preocupar, por nada de nada de nada. Esa era su normalidad.  

Lo cuidaban como él cuidaba a sus mascotas: con gente contratada para responder, personas y recursos inagotables destinados a que no le fuera a faltar nada de lo que dicen que sí le faltó al papá. Pero eso es difícil de creer, porque lo papás se referían a sí mismos y a sus familiares como gente de bien. Gente normal.

Qué pienso yo. Que la normalidad es la aberración repetida. Que Matías fuese como era ni siquiera me parecía culpa de él, que hace muy poco había dejado de ser niño. Los niños son como adultos borrachitos, sin capacidad de entender el mundo que se mueve alrededor de ellos y menos aún el que queda más allá. Los borrachitos tienen impulsos que persiguen tambaleándose, así lo veía yo. Como a una mascota más, que yo no tenía que cuidar. Lo otro que se me ocurre es que ese mundo irreal de él era suficientemente sólido para que le pareciese la normalidad.

La cuarentena, después, arrancó como empiezan las plagas bíblicas. Yo llevaba apenas una semana de trabajo y todavía no me acostumbraba a nada de la mansión. La cuarentena debía durar apenas dos semanas, durante ese tiempo nos pidieron a los trabajadores que nos tomáramos un receso. Quedaron solo los indispensables. Matías y su familia: dueños. Gloria y Diana: empleadas. Dos perros y un cachorro, dos gatos y un gatico, una tortuga de tierra, y una cacatúa blanca de 55 centímetros de altura y cresta amarilla, que parecía una cantante de reguetón: mascotas. 

Debieron ser semanas difíciles para Matías y las demás mascotas. Pobres. Me los imagino todavía encerrados en esa mansión sin saber qué hacer cuando Mufasa, el labrador dorado, o Arcángel, el persa completamente negro, o las parejas y los hijos de ellos dos, fueran a las seis de la mañana a exigirles alimentación y limpieza del arenero, o para salir a orinar. Me los imagino afectados por el estrés, perdiendo pelo, rascándose, tal vez inquietos, tal vez sembrados en sus camas como si todo se fuese a acabar de una buena vez. Me imagino a Betty Bú, la tortuga terrestre, encerrada en su propia cuarentena de más de cincuenta años dentro de su caparazón. Me imagino a Perla sacándose las plumas doradas por el aburrimiento de no poderse ir de esa jaula de oro en que la debieron dejar. Pobres.

Pero la cuarentena nunca se acabó. Después de los primeros quince días, cuando empezaron a entender que se iba a alargar, Matías y su familia decidieron irse a la finca de la costa, a esperar a que todo nos sucediese a nosotros, para volver.

Entonces me pidieron volver a mí, a quedarme a vivir junto a Diana y Gloria, mientras los decretos del gobierno volvían a permitir la movilidad regular.

Qué pasó. Que esa casa inmediatamente fue demasiado grande para nosotros tres. Imposible dar abasto con las labores de aseo y mantenimiento por las que nos pidieron que nos quedáramos allá. Durante los primeros dos meses a duras penas logré mantener saludables a las mascotas. Uno puede creer que las labores de cuidado y aseo de cualquier cosa que sea responsabilidad de uno son fáciles por ser mecánicas y simples: pero hay que hacerlas todos los días, todo el tiempo, cuidando los imprevistos, pero todo son imprevistos, y luego esforzarse porque lo que uno hace quede bien y eso no es fácil, por eso la gente rica contrata gente y cada vez más gente, que nunca es suficiente, para conseguir las cosas que no necesitaban en primer lugar. Nada de esto es manejable. Es lo que me parece a mí. No sé cómo se mete en un barco de estos la gente normal. Ni teniendo empleados, para que les hagan todo, vale la pena. Diana, Gloria y yo encerrados en esa mansión lo teníamos todo: así se dice cuando a uno no le falta la alimentación y el techo. Inclusive estábamos llenos de privilegios que la gente de afuera no podía ni siquiera imaginar, mientras el virus acababa con ellos de dos en dos de cuatro en cuatro de dieciséis en dieciséis.

Y de todas formas Aráncagel, primero, y Mufasa, después, se nos salieron de control. O se me salieron de control a mí, que era el responsable. Perla se escapó de su jaula desde la primera semana, y se mantenía entre la grama y una rama de un árbol bajito cantando o llorando mientras yo le ponía el alimento ojalá alejado de los gatos del lugar. Mufasa dejó de ser un animal doméstico después del primer mes, no sé si vieron alguna vez El Rey León. Luego Arcángel se independizó hasta de su familia y me miraba con esos rayos amarillos de diablo en los ojos cuando me acercaba a ofrecerle lomitos de atún. Se habían vuelto más salvajes y nosotros más dóciles, ese era el proceso ahí. Pero al menos durante esos dos primeros meses estuvieron bien de salud, o al menos lo aparentaron, y eso me tranquilizó. Lo importante para mí era mantenerlos vivos, ya después miraría cómo los capturaba si los jefes volvían a aparecer.

Al tercer mes Gloria y Diana también habían cedido en la disciplina que al principio llevaron bien. Es increíble cómo crece todo. Cómo cambia. Así como cuando uno se va un mes de una ciudad y luego vuelve y se da cuenta de que ya es otra porque siempre están construyendo algo, que transforma a lo demás, así mismo la naturaleza está todo el tiempo encaramándose donde puede para apropiarse de todo lo que no es natural y cambiarlo, salvajemente, una y otra vez.

No sé si alguna vez vieron Jumanji. La casa del Escobero, en principio, tenía tres pisos y un poco más de 900 m² construidos. Pero al cuarto mes solo tenía 600, le pongo yo. No porque estuviese midiendo nada, ni porque Gloria o Diana o Mufasa o los demás supiésemos, sino porque las enredaderas crecieron y taparon al menos una tercera parte del lugar, que nunca volvimos a recorrer. ¿Qué más podría haber ahí? Arañas tal vez, escorpiones pequeños, pájaros en vía de extinción, ranas salvajes, ardillas, gallinazos, ¿crías de tortugas de mar, tigrillos, puercoespines, grullas blancas con negro, guacamayas?, ¿por qué no?, ¿qué no podría haber en ese sector de la casa que se empezaba a tomar la oscuridad de la vegetación? Lo bueno, en ese entonces, para mí, era pensar que la naturaleza estaba recuperando un espacio. Por fin. Con todo ese ruido acerca del fin del mundo y del calentamiento global. Al menos en la loma del Escobero iba a lograr existir un oasis sin sol o frío infernal, sin sol invernal.

Durante esos cuatro primeros meses vivimos de los congelados y los mercados que se acumularon en los depósitos, que parecían para un batallón. Pero cuando eso se acabó, ya sin líneas telefónicas ni señal de televisión: porque lo último que decía la radio era que el virus avanzaba devastador sobre todo el sector real y virtual; cuando eso sucedió, entonces, empezamos a vivir de las papas, las lechugas, las naranjas, los aguacates, las cebollas y todos los frutos del huerto que habían brotado como si estuviésemos dentro de una plaga bíblica pero al revés.

Así lo conversábamos Gloria y Diana y yo. En esos cinco meses incomunicados del mundo exterior vivimos al modo de la historia del arca de Noé. Mientras el mundo se acababa allá afuera por un diluvio llamado virus; acá adentro, este barcocasa, que habitábamos nosotros, con las mascotas y lo que quedara ahí, empezaba a renacer. Era justo como la historia del arca, pero al revés. Mufasa y Arcángel junto a sus familiares se habían convertido en algo que no podíamos definir. Desde el inicio desaseado y vulnerable de la cuarentena hasta estos cinco meses después sentía que esos animales se habían desarrollado a una velocidad sobrenatural. Sentía, sentíamos, Gloria y Diana y yo, que hablaban entre ellos, que se preocupaban por mantener esta casa a flote, por cuidarnos, asearnos, alimentarnos bien, sacarnos a pasear y a orinar y a hacer popó. Ya casi no nos hablábamos entre nosotros, los humanos. Y juro que más de una vez escuché a Gloria y a Diana como gruñir, como maullar, como ladrar.

No sé si fue al sexto o al séptimo mes cuando Mufasa decidió que ya era hora de sacrificar a Diana. Nos dijo [Mufasa a Gloria y a mí] que Diana ya estaba muy enferma, que no había forma alguna de ayudarla a sobrevivir sin prolongar inútilmente su sufrimiento. Yo entonces me opuse con rabia a que eso sucediera. Ladré con todos mis pulmones, usé toda mi capacidad de rugir. Pero fue en vano. Diana de todas formas murió. Luego supimos que nunca estuvo enferma. Habíamos perdido el control.

Después de ese acto excesivo de autoridad, las cosas entre Mufasa y Arcángel empeoraron. De la casa de 900 metros ya solo debían quedar 300 o 200 tal vez, divididos en varios territorios. Arcángel se había quedado con Gloria de rehén. Mufasa conmigo. Con frecuencia me obligaba a estar despierto para vigilar que nadie atravesara su territorio, para olfatear cualquier intruso que pudiese colarse; mientras él se dedicaba a jugar y engordar. Había hecho de mí y de las demás mascotas un montón de esclavos, no sé si Gloria lo estaría pasando igual.

Fue entonces cuando entendí que debía retomar el control. Era apenas el octavo mes. Para hacerlo aproveché una de mis guardias nocturnas y me escabullí hasta las alacenas con candado. Ahí encontré el chocolate dulce. Lo empecé a repartir desmenuzado en la comida de los demás que a veces me obligaban a hacer. Uno a uno los animales de la casa cedieron, se empezaron a enfermar. Ninguno supo qué fue lo que los golpeó. De nada les sirvieron los aislamientos sectorizados que organizaron, las cuarentenas, las medidas protocolarias de sanidad.

Ahí recuperamos la casa, Gloria y yo.

Este lugar es demasiado para nosotros, qué necesidad. Pero a estas alturas del noveno mes no creo ya que los jefes vuelvan. Todo esto es nuestro, afuera no queda nada. La normalidad, y el fin de la cuarentena, que vino con el fin de casi todo lo demás, llegó justo a tiempo para dedicarme al parto del hijo que vamos a tener. Todo este tiempo Gloria estuvo en embarazo. Quién lo iba a pensar. Yo no me imaginé que fuese a durar mucho acá. Y desde los primeros días que me contrataron fue que ella y yo. Pero del embarazo no supe sino hace poco. Esa es la verdad.

Creo que hablo por todos cuando digo que nos han pasado eras completas, desde que llegué.

Ahora es que he empezado a pensar: cuando el niño nazca lo voy a llamar a Matías.

No sé por qué, pero me suena bien. 

Y entonces, entre Gloria y yo, nos vamos a encargar de que no le toque esa misma vida dolorosa que a nosotros nos correspondió. Nos vamos a encargar de que tenga todo, de que no le toque sufrir. Inclusive hemos pensado en adoptar un par de mascotas, por qué no. Y, mientras nosotros nos encargamos de traer los recursos, vamos a contratar a otras personas que se encarguen de cuidarlos. Matías entonces podría dedicarse a cosas más grandes. Como hace la gente de bien.


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