La Odisea, de Homero a Nolan

Siendo rigurosos, las adaptaciones del libro al audiovisual no existen. No existen como el traspaso de una misma ficción de un medio a otro. Si leo la Odisea, y si la escucho en audiolibro, estoy recibiendo dos ficciones diferentes. Si releo el mismo libro de la Odisea estoy recibiendo dos ficciones diferentes también. Tal vez la relectura no existe. O tal vez solo existe la relectura, y la lectura todavía no es leer. Esto es así porque en las ficciones lo que más importa no es lo contado, no es la transmisión de la información, es la forma de contar. Las ficciones, cuando funcionan bien, no se pueden resumir. Los espóilers no existen en una buena ficción. Y esa forma de contar no es un mero mecanismo de reproducción, es una forma de dar sentido y es una forma de decir algo también. Insisto, en una ficción no es la información la que cuenta el relato, es la forma de contar la que nos nombra la historia. Lo que más importa, entonces, en una ficción, es la forma de contar.

Si entendiéramos esto, si le diéramos el valor que tiene, el de la realidad (la misma realidad de una piedra o de saber que estamos vivos) la inteligencia artificial no sería una amenaza para nadie. Porque es imposible que la información, aunque cambie su estilo, e imite y recree las formas, reproduzca la experiencia de vivir una ficción de verdad. Porque el amor por la ficción no es un amor por el lenguaje de la razón, sino que es un amor fundamentado en la complejidad, multiplicidad e incertidumbre de lo que significa (tal vez de verdad) estar vivo. Cuando uno ama la ficción y la recibe y la devuelve no como una tarea sino como una forma de vivir, sabe (de sabor y de saber y de real) que la materia y la información son apenas lo superficial, y que la presencialidad de la vida (de estar presente en carne y emoción) es irremplazable e irrepetible. Quiero decir que solo se besa por primera vez, y que volver a besar no es repetir.

Tal vez por eso, en el fondo, y hasta en la superficie, todos lo sabemos, la conversación, la comparación entre el libro y la película no tiene nada que ver con la fidelidad. La fidelidad, al menos, entre el contenido informativo de un medio frente al contenido del otro. La comparación, en este caso, es una profundización, en el que solo se compara qué se quiso decir y cómo se dijo en cada historia diferente basada en la misma anécdota. Para mí, la Odisea que yo leí es la de la exploración de los límites de los humanos, que siempre tienden al desequilibrio, aunque siempre haya algo superior que terminan por ignorar. En la Odisea que leí, la de Homero y Gredos y José Manuel Pabón, Ulises solo existe como Ulises por Atenea, sus hazañas solo existen por Poseidón, y sus conflictos solo existen por la arrogancia de Ulises que decide cegar al cíclope y gritarle su nombre para que lo recuerde. Son los dioses los que le dan a Ulises la posibilidad de desplegar un poquito de la gracia de su malicia, la de un personaje que siempre está pensando en engañar a los otros para controlar la situación. Los peores humanos, que son la mayoría, de la Odisea, cometen el mismo error de diferentes formas, creer que pueden imponer su voluntad a pesar de conocer los límites y las prohibiciones que se les han impuesto. Siempre intentan empujar un poco más, y siempre reciben su castigo.

Los humanos de la Odisea se parecen a los humanos de hoy. Los pretendientes de la Penélope de hoy son tecnofascistas o fascistas a secas. Su ambición de poder no se preocupa por la extinción del planeta tierra y la humanidad. De alguna forma ingenua parecen estar convencidos de que el final de la especie no significa su propio final. Pero su vanidad puede más, y sus maravillas, capaces de remplazar por completo nuestras ficciones, sin hacerlo en la realidad, son de papel, aunque nos pueden (los pueden) destruir.

La Odisea que vi, la de Nolan en pantalla digital tradicional para formato estándar 2D, es la de la espectacularidad. La intención de la narración épica, ahora, es impresionar, sin tener nada significativo qué decir. Se impresiona con efectos de sonido, con la armadura gigante de un superhéroe que no deja ver la cara a Agamenón, con las polémicas superficiales y tontas de una Helena negra y un Sinón interpretado por un hombre trans; con la profundización del relato del caballo de Troya que narra la dificultad (al parecer aún más heroica) de muchos hombres comprimidos en un espacio reducido durante días sin agregar nada al ingenio o al significado de esa posible invención. Quiero decir que la forma de narrar de Nolan es la de la superficialidad efectiva, la que nos muestra cosas que parecen grandes porque hacen ruido, pero, en el fondo, más allá de impresionar, no tienen nada memorable qué decir. Los cambios de Nolan, al narrar su propia historia, son cosméticos, tecnológicos, superficialmente polémicos, y en eso se parecen a lo peor del mundo noticioso actual.

El final de la Odisea de Homero es un deus ex machina. Atenea lo resuelve todo de golpe e infunde la paz en los habitantes de Ítaca que renuncian a la guerra civil. El final de la Odisea de Nolan es el exilio aparentemente placentero de Ulises y Penélope que deja la guerra civil a su hijo Telémaco. El final de Homero aunque insatisfactorio por romper el pacto ficcional se justifica en la voluntad de los dioses sobre la voluntad humana. El final de Nolan es insatisfactorio también, porque deja nudos sin resolver a lo que les da final mágico de la capacidad todavía no demostrada de Telémaco para gobernar, y además no entiendo cómo resuelve la misoginia que critica en la historia de Homero. El héroe de Nolan es el prototipo machista, al final, del hombre que impone su voluntad a los otros por medio de la fuerza, y sale victorioso al final.

Recientemente vi Cien años de soledad, también, y la Vorágine, y Pedro Páramo. En la forma de contar me gustó Cien años, aunque al principio me demoré en entrar a esa forma de narrar. Me gustó mucho la Vorágine. Y Pedro Páramo menos. La comparación con el libro no importa, importa cada ficción. Porque en una narración todo importa, menos la fidelidad. Todo importa porque todo, cada detalle, dice siempre algo más que lo que dice. Cada palabra tiene múltiples sentidos, cada combinación de palabras aún más (y entre más palabras juntas más cambia cada cada palabra individual y también cada palabra mezclada con otras), y, además, aunque se usen palabras, nunca se narra con palabras. Se narra con sensaciones y significados. En las ficciones audiovisuales se narra con sensaciones y significados también, y todo importa menos la fidelidad. Dentro de esa complejidad multiplicándose que es cada vida y cada ficción, pienso, a veces, ¿cómo es posible que algo funcione?, ¿que algo diga algo?, ¿que alguien entienda?

La verdad, así se dice, la verdad es que la fidelidad también importa, pero es imposible y no existe y nadie puede saber qué es.

En las ficciones las palabras exactas importan, también. Pero exactitud y verdad no es lo mismo. Las palabras exactas son las que logran comunicar lo que deben comunicar. Aunque nadie sepa bien qué es lo que deben comunicar. Porque, en el fondo, eso es solo algo que se sabe y se siente, y nada más.

Parece religioso todo esto, ¿no?, ¿esotérico? La verdad, así se dice, es que todo esto es muy material.

La palabra existe porque la materia es una sensación. Si la palabra se dice bien la cosa aparece. Si no se puede nombrar la cosa no existe, aunque esté ahí. Demostración: dicen que cuando los españoles llegaron a América los indígenas vieron montañas, y no barcos, montañas acercándose hacia ellos, y no sé si esto que digo es verdad, pero todos sabemos que lo es. Las cosas solo se convierten en las cosas cuando las aprendemos a nombrar, antes de eso no las podemos ver como lo que son, y a veces ni siquiera las podemos ver.

¿Qué son las cosas, entonces?

¿Qué es la realidad?

Por eso es que hay pocas cosas más reales que la ficción.

La materia es superficial. La ficción no.

Mucha gente cree que la ficción es cualquier cosa, y por eso no importa en realidad, la verdad, así se dice, es que el hecho de que una cosa signifique muchas cosas no quiere decir que signifique cualquiera. Alguna cosa significa cada cosa, y más que entenderlo uno lo tiene que aprender a sentir, y a experimentar. Eso es leer. Creo.

Yo soy escéptico. Porque uno tiende a creer cualquier cosa y la realidad verosímil es algo que se debe poder probar. Soy escéptico porque creo que para que las cosas tengan sentido se tienen que corresponder con los hechos. Pero el hecho solo no es nada. La palabra o el discurso solo, para nosotros, tampoco lo es. La realidad está en la correspondencia y en la capacidad de conocer la ficción real.

Al final, quiero decir, la realidad es el resultado, y la capacidad, de interpretar, no de creer.

La ficción y la realidad, bien entendidas, o sea, no de forma superficial sino de forma múltiple y rigurosa, es el relato de algo que está afuera de nosotros, aunque seamos nosotros mismos, y eso es algo que no podemos controlar, pero quizá sí podemos descubrir. La ficción, entonces, es la forma que tenemos de descubrir una realidad que no nos corresponder controlar, ni decidir. Y en eso, al menos, estoy de acuerdo con la Odisea que leí. Y en desacuerdo con la que vi.


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