La Nieve del Almirante, Álvaro Mutis

[1]

Lo importante son los meandros. Los desvíos. La seguridad, la confianza, de que nunca se llega a ninguna parte, aunque se logre llegar. La enseñanza está en el fracaso. No el fracaso como un camino hacia la victoria futura, sino en el fracaso como un final. Y en el recorrido hacia ese fracaso como la verdadera empresa. Así lo dice, en su diario, Maqroll: «…toda la vida he emprendido esa clase de aventuras, al final de las cuales encuentro el mismo desengaño. Si bien termino siempre por consolarme pensando que en la aventura misma estaba el premio y que no hay que buscar otra cosa diferente que la satisfacción de probar los caminos del mundo que, al final, van pareciéndose sospechosamente unos a otros. Así y todo, vale la pena recorrerlos para ahuyentar el tedio y nuestra propia muerte, esa que nos pertenece de veras y espera que sepamos reconocerla y adoptarla».[2]

La enseñanza se repite: en esta novela está en el narrador, que navega entre librerías de viejo buscando textos acerca del asesinato del duque de Orleans, y termina metido de lleno en los relatos de los viajes “amazónicos” de Maqroll[3]. Pero también está en Maqroll y en la mayoría de los personajes que llenan los viajes, personajes siempre al borde del fracaso, la demencia o la incomunicación.

La Nieve del Almirante, primera novela publicada de Mutis, narra el viaje de Maqroll por el río Xurandó, en busca de unos aserraderos, para comerciar madera; una travesía que avanza entre la amenaza recurrente de la muerte contra todo ser vivo, y que no termina con el encuentro de unas fábricas madereras magníficas e inaccesibles para Maqroll, sino con su huida, ante el reconocimiento insalvable del fracaso.

Durante ese trayecto de tres meses y medio (que los lectores conocemos a través del diario de Maqroll, descubierto por el narrador) los personajes que va encontrando a su paso Maqroll (un capitán de un lanchón, un práctico, un mecánico, un estonio, un mayor, dos soldados, una pareja de indígenas, otro práctico; e incluso los que están fuera del viaje como Flor Estévez amante idealizada y Abdul Mashur compañero de vida y negocios) todos, menos Abdul, tienen una empresa, una misión, que se derrumba y se extravía al estrellarse con la realidad. La enseñanza, entonces, se repite: la verdadera empresa es el recorrido hacia el fracaso, lo que sucede en la búsqueda, antes del desencuentro.

De eso se trata La Nieve del Almirante, pero más importante que el qué es el cómo. La estructura consiste en un narrador externo que, en una búsqueda en librerías de viejo del barrio Gótico de Barcelona, se encuentra accidentalmente el diario de viaje de Maqroll, dentro de un libro con la investigación del preboste de París sobre el homicidio del duque de Orleans. Lo que viene a continuación es la transcripción del diario, y, adicionalmente, cuatro crónicas hechas con notas encontradas en recorridos por lugares por los que pasó Maqroll. Pero más importante que esa estructura es la voz. El lenguaje poético que se parece al tema: una voz narrativa de estilo barroco y meándrico que recorre el esfuerzo de Maqroll por intentar comunicar y darle sentido al viaje que intenta realizar. La corriente de la narración, como el río, es una sola, cronológica, con un destino fijo y algunos saltos al pasado que aumentan el caudal informativo que, sin embargo, siempre desemboca en el fracaso y la amenaza de la muerte, que acecha. Dentro de esa crónica de viajes que a veces recuerda a las Crónicas de indias, por la descripción de la geografía y el constante encuentro con lo desconocido, hay espacio para el comentario sobre dinastías abolidas y anacrónicas, para reflexiones, aforismos, prejuicios y sueños, y sobre todo para el intento de aferrarse a la belleza de un lenguaje enriquecido, que se esfuerza por justificar una realidad jalada por quimeras materiales que se deshacen dentro de un devorante e insaciable universo vegetal.

Curioso que un autor que se autodefinió como reaccionario y monárquico se haya embarcado con tanta profundidad en geografías y personajes marginales, frágiles establecimientos humanos que intentan sobrevivir entre lo salvaje, personajes lejanos (europeos, criollos, indígenas) que se encuentran en lugares que no deberían estar y cuya relación se desarrolla en la incomunicación verbal.

La enseñanza no importa, y no existe, pero en esta novela es una sola, y está en todas partes, pero sobre todo en un lenguaje cargado de una belleza que se descompone, y así lo afirma Maqroll:

«Saber que nadie escucha a nadie. Nadie sabe nada de nadie. Que la palabra, ya, en sí, es un engaño, una trampa que encubre, disfraza y sepulta el precario edificio de nuestros sueños y verdades, todos señalados por el signo de lo incomunicable.

Aprender, sobre todo, a desconfiar de la memoria. Lo que creemos recordar es por completo ajeno y diferente a lo que en verdad sucedió. Cuántos momentos de un irritante y penoso hastío nos los devuelve la memoria, años después, como episodios de una espléndida felicidad. La nostalgia es la mentira gracias a la cual nos encontramos más pronto a la muerte».[4]


[1] Álvaro Mutis (2023) La Nieve del Almirante. Editorial RM: Barcelona. En: Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. 651 páginas. La Nieve del Almirante fue la primera novela publicada de Álvaro Mutis, por Alianza Editorial, en 1986.

[2] Página 66.

[3] Personaje principal, comerciante que termina siendo marinero a partir de emprender negocios de transporte marítimo que no llegan a buen puerto.

[4] Página 90.


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