Mi lectura
Después de leer con atención casi todo el libro de cuentos, sabemos que Bolaño tiene una recurrencia formal que consiste en que en los primeros párrafos nombra el núcleo significativo, y en las próximas páginas (entre dos y ciento uno) desarrolla ese núcleo abriéndolo en espiral, complejizándolo, agregándole capas y ambigüedades que por más lejos que se vayan nunca pierden la órbita.
El cuento, en mi primera lectura, me pareció extraordinario. En esta colección de textos póstumos este es uno de los pocos largos. Eso no lo hace mejor ni peor, pero sí es un indicio de que tuvo más desarrollo que los demás. Me gusta sobre todo la estrategia discursiva, la forma. Me recuerda a «El policía de las ratas» porque detrás de una estructura y un tono que parece banal o infantil se desarrolla un conflicto potente.
Entonces, después de mi primera lectura, después de leer el relato largo de un narrador español que describe las inverosímiles escenas de una mala película serie B, en la que el hijo de un militar intenta salvar a la mujer de la que está enamorado, de unos zombis, y el papá de ese personaje intenta salvar el hijo, mientras los zombis van corrompiendo todo a su paso; después de leer ese relato que superficialmente puede parecer sobre todo chistoso, entretenido y ridículo, después de eso, recuerdo la clave del inicio en que el narrador dice «y os prometo que hacía tiempo no veía una película verdaderamente democrática, es decir, verdaderamente revolucionaria, no lo digo porque la película en sí revolucionara nada, ni de lejos […] sino un trozo más bien minúsculo, microscópico, de la revolución, como si vierais, por ejemplo, Parque Jurásico y no apareciera ningún dinosaurio […] pero la presencia de éstos fuera omnipresente e insoportable». O sea que esa película estereotípica de acción entre zombis y militares es una película sobre la revolución, o sea que el cuento, que es sobre la película, es sobre la revolución, ¿pero qué revolución, si no se habla de ninguna ni en el cuento ni en la película? No es la de los zombis destruyendo el orden establecido, claro, los zombis son autómatas y detrás de su destrucción solo hay un intento de sobrevivir, y no un nuevo orden, como busca una revolución. La revolución evidente, para mí, de la película, es el desafío al orden pasado (a los valores de origen) de los personajes porque el amor que sienten por algo los obliga a enfrentar ese orden y, si es del caso, destruirlo. El amor del hijo del militar por Julie, una mujer que está en la misma base donde él ha pasado gran parte de su vida, hace que él abandone la base para seguir y salvar a Julie, que ha sido mordida por un zombi, y en el camino enfrenta a cualquiera que obstaculice su posibilidad de estar con ella. El hijo del coronel desafía no solo su lugar de origen y las normas y valores aprendidos en su vida, desafía a su padre y su intención de protegerlo, y también desafía el sentido común al confiar en que una mujer zombi a la que ya ha visto destripar a otros con mordidas, va a resistir el impulso de morderlo a él. Y, extrañamente, resulta siendo verdad, Julie encuentra formas de no ser lo que debería ser según su nueva identidad zombi, y aunque ataca a otros para sobrevivir nunca ataca al hijo del coronel, aunque duerma con él. Y luego está el padre, un coronel, de educación militar, de una generación anterior, o sea con una gran resistencia a manifestar afecto y darles valor a las emociones; pues este padre también desafía todo por amor a su hijo, por salvarlo, aunque él no se quiera salvar. Y después están los otros personajes, un grupo de pandilleros, un hombre que vive en una alcantarilla, de alguna forma todos desafían sus creencias y lo que puede ser probable, para salvar lo que aman. Yo diría que esa es la revolución, la subversión del orden establecido es constante en esa película, aunque nunca se mencione directamente, aunque nunca haya sido decisión de nadie mencionarlo. Y esa forma de contar, de hacerme sentir a mí como lector, algo tan significativo detrás de algo que parece tan chistoso y banal, es algo que amo de la literatura, porque me permite creer en intentar darle sentido a mi realidad, también, por insignificante que parezca. Porque me invita a creer en la ficción como la única realidad que hay.
La lectura de Natalia Castro. Con la que hacemos un taller de lectura sobre estos cuentos. Una lectura mejor que la mía.
Lo que me dice Natalia es que, antes de lo de la revolución, el narrador dice: «vi en la tele una película que era mi biografía o mi autobiografía o un resumen de mis días en el puto planeta Tierra». Y después, durante todo el relato, que parece solo sobre la película, vemos por una parte que el narrador ya no es un muchacho, y que el foco del narrador, que solo habla del hijo del coronel, que es el protagonista, es la mirada del padre sobre ese hijo, la mirada del padre sobre un hijo que ama y que quiere salvar pero que, ni siquiera cuando logra salvarlo, puede salvarlo, porque en la vida (y eso lo sabemos tarde o tal vez nunca lo sabemos aunque sea verdad) no nos corresponde salvar a nadie. Porque nadie puede ser salvado porque, a la larga, no hay nada de qué salvarse, aunque el amor por alguien nos impulse a querer protegerlo, para sentirnos vivos porque quien amamos vive también, sin importar cómo. Eso también es revolucionario, ¿no? Aprender a desistir, por amor, de salvar lo que amamos, cuando ya no hay nada de lo que pueda ser salvado, aunque eso implique una condena para lo que amamos, o para nosotros mismos.
Hay unos versos populares de Mary Oliver que yo me repito todos los días, para que por fin quizá alguna vez, sin pensar siquiera en esos versos, sea quizá capaz de recordarlos: «To live in this world you must be able to do three things: to love what is mortal; to hold it against your bones knowing your own life depends on it; and, when the time comes to let it go, to let it go».
Entonces Natalia, una vez más, tiene razón, o al menos tiene mucha más razón que yo: este cuento es sobre el amor de padre, y sobre la obligación de aprender a dejar ir lo que se ama. Y no tenemos que ser padres, ni madres, para estar obligados por la vida a aprender ese amor, así sea a la fuerza: solo por amar algo ya estamos obligados a aprender a soltarlo, a dejarlo ir.
d Roberto Bolaño, «El hijo del coronel» (2000-2001). En el libro: Cuentos Completos (2018, Cuentos Póstumos: El secreto del mal, 1998-2003). Editorial Alfaguara. 647 páginas

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