Maternidad, Andrés Caicedo

Editorial Norma

Edición 1997 [Escrito en 1974]

Págs. 73-82

«Es una verdadera tragedia terminar un año marcado por el triunfo —la construcción de un nuevo pabellón deportivo, por ejemplo— con la desaparición de seis jóvenes que apenas despuntaban lo que sería una brillante carrera». En esa frase, que pronuncia el padre rector, en el discurso de clausura del año escolar, al inicio del cuento, está la escala de valores del mundo del narrador. El triunfo es la construcción de un nuevo pabellón deportivo, la tragedia (que no opaca al triunfo) es la desaparición de seis jóvenes (que prometían una brillante carrera). Los jóvenes que mueren[1] caen todos por no obedecer la reglamentación conservadora de ese sistema: El primero dando escándalo en la vía pública; el segundo y tercero en un gesto aparentemente homosexual; el cuarto por nadar drogado; el quinto por escaparse del manicomio y no ser capaz de soportar su dolor mental y emocional; el sexto por drogarse inocentemente, una sola vez. En este cuento la maternidad, que es el título, en un mundo marcado por unas ideas en que el progreso está emparentado con el machismo y el materialismo, es una ironía, y bajo ese código se puede leer, así:

  1. Ante la ferocidad de una época en la cual mueren los compañeros, primeras víctimas de la decadencia de todo, el narrador decide hacer su afirmación de vida, o sea trascender, o sea procrear.
  2. La víctima elegida se llama Patricia Simón, una compañera de clase enamorada de él por sus grandes conocimientos del Imperio romano, la cordillera Occidental colombiana y el misterio de la transubstanciación.
  3. Él le habla a ella de su preocupación por la ferocidad de la época, ella le responde compartiéndole un sueño que resulta premonitorio: alguien muy amado le regala un pastel de fresas, pero al morderlo descubre que está lleno de cuchillas y alfileres que se le incrustan en las encías y le remplazan los dientes.
  4. Él escucha el sueño, que le parece raro, mientras la describe mentalmente como un animal de raza: pequeña pero fuerte, con dientes grandes y sanos, de encías duras, de buenas espaldas y caderas, ojos azules y cejas largas, cuatro dedos de frente, rosada la piel, y entonces decide hacerle un hijo a esta mujer.
  5. Solapadamente, el narrador empieza a rechazar las ideas de ella sobre hacer poesía, y en cambio empieza a meterle otras ideas y anhelos sobre la maternidad, y le habla de Nietzsche y Rousseau para establecer en ella la necesidad de trascender en algo, de procrear.
  6. Ella queda en embarazo en sexto (once) de bachillerato, a los 16 años. Él está feliz pues se convierte en una celebridad en el colegio. Ella se deprime y empieza drogarse, él la culpa a ella por no cuidar a su hijo. Y entonces, en vez de ayudarla, decide darle unos empujoncitos adicionales, le inyecta cocaína, mientras espera que después de una de sus salidas no vuelva más, o que se muera.
  7. Él termina sexto con todos los honores, lee comics, cuida a su hijo. Feliz por haber hecho su afirmación de vida, mientras espera una mejor época.

El narrador está en primera persona, dando su testimonio, y en ocasiones entran citas directas de los personajes, en esas citas, sobre todo, desde el lenguaje, se acentúa la ironía: cuando habla del año marcado por el triunfo, según el rector; cuando señala la cita del periódico que dice que encontraron a los compañeros muertos «entrelazados», sin explicar cómo; cuando dice que va a hacer su «afirmación de vida»; cuando decide «hacerle un hijo a esa mujer»; cuando relata ese primer encuentro sexual «…chupé su pelo, rasgué con su sangre el pasto yaraguá, pude sentir cómo sus complicadas entrañas se abrían para darle paso, cabida y fermento a mi espermatozoide sano y cabezón que daría, con los años, testimonio de mi existencia. No creo que ella gozó».

Este breve cuento, sobre un inocente padre adolescente de 16 años resistiendo a la degeneración de una época, es un relato de terror ¿no? Es una burla a cierta idea material de éxito y progreso y trascendencia, y es también un desahogo cargado de angustia existencial. Al menos así lo siento yo, dolorosamente, aunque me haga reír.  


[1] El primero en una radiopatrulla de la policía, como un perro, por dar escándalo en la vía pública después de regresar de Bogotá comiéndose cuanto hongo mágico encontró a la vera del camino. El segundo y tercero, mueren entrelazados viendo cómo crece el río Pance que es como si viniera a cobrar venganza por el pasado esplendoroso que le quitaron las modernas urbanizaciones. El cuarto murió cuando salió con su hermano a nadar a la bocana del océano Pacífico, nadadores y campeones nacionales los dos (pero no internacionales, por consumir pastillas); en esa nadada salieron los dos y solo regresó uno bien, el otro murió en la orilla con el pescuezo inflado. El quinto fue el hermano del que vio al cuarto morir, con la existencia atravesada por ese trauma, empezó a buscarle pelea a todo el mundo, lo metieron al manicomio y se voló, siguió consumiendo pastillas, hasta que en una de esas murió, cuando había salido despavorido a buscar pelea. El sexto no consumía drogas, salvo una vez, y murió enloquecido, solo, en un baño cualquiera, intentando vomitar lo que seguro se había tragado inocentemente y entonces le cercenaba el coxis, la próstata y el cerebelo.


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