Nuestra parte de noche es una novela que desarrolla un universo gótico mágico en Argentina, en los años de la dictadura y la transición a la democracia. El centro de este universo es una familia y dentro de esa familia unos pocos elegidos, unos villanos y otros salvadores. Como en Harry Potter, como en Star Wars, como en Stranger Things. El futuro del universo se reduce a un grupito de personas que vive en un lugar pequeño. Y entre todos los seres vivos del universo hay solo uno, o dos, o tres, elegidos, que intermedian entre los poderes divinos y los mortales, esos elegidos tienen tanto poder que podrían destruir el mundo, pero en cambio lo salvan, como en la Biblia.
El gancho principal de esta ficción son los poderes mágicos, sin esos poderes nos queda una telenovela en el que una familia exageradamente rica y poderosa enfoca su ambición en la posibilidad de permanecer para siempre. Para hacerlo tiene que alimentar a un poder más grande que ellos con la explotación y el sacrificio de personas en estado de vulnerabilidad. La relación entre explotadores y explotados genera romances y traiciones entre ellos mismos. La ambigüedad de sus integrantes es superficial, los lectores sabemos desde la primera página a la última quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Los villanos son muy villanos, y los héroes no logran confundirnos, su ambigüedad siempre está enfocada en la necesidad de salvar el mundo. El final es feliz, los malos pierden, los buenos ganan.
El otro gancho es el horror. Pero es cosmético. El decorado es oscuro, y hay muerte y amputaciones y hay sangre y hay imágenes y escenas escabrosas, pero comparado con el horror del mundo en el que vivimos (la complejidad absurda e injusta de los actos humanos) ese horror cosmético es tranquilizante, porque es fácil de entender. Sabemos que es un código, sabemos que no existe, sabemos que su presencia en ese universo solo tiene el fin de decorar. Es una casa embrujada. Pero es infantil, lo bueno y lo malo siempre está bien delineado, lo bueno va a ganar, no hay nada qué temer. Como en el mundo del revés en Stranger Things.
La escena más perturbadora, para mí, de Nuestra parte de noche, es una transcripción de un suceso real que es traída un poco a la fuerza a la novela (unos niños que nunca más vuelven a ver televisión en toda la ficción de 667 páginas lo ven y no lo olvidan). La imagen es la de Omaira, la niña que murió en televisión, enterrada bajo flujos de lodo, tierra y escombros, con la cabeza afuera, la niña que dice que siente bajo sus pies enterrados la cabeza de su tía muerta. En esa escena fría (un frío más allá de la temperatura corporal) está consolidada la injusticia y la impotencia frente a la brutalidad del mundo. Ahí no hay final feliz. Y el terror, la indefensión, es real.
En Nuestra parte de noche el horror cosmético es una forma de protegernos del dolor del mundo. La cara desfigurada de Mercedes (la principal villana rica con su nombre obvio), como la de Voldemort, no produce incomodidad. Es una consecuencia justa como castigo por su ambición desmedida y las ganas de Mercedes de parecerse a los dioses a los que les pide ayuda. La belleza hegemónica de los protagonistas (altos, delgados, rubios, con extremidades fuertes y largas) y su condición de víctimas que los convierte en héroes, en cambio, se opone con tranquilidad y simetría a las caras del mal. El horror, en esta novela, es como una señal de peligro en la vía, un símbolo cosmético que nos explica el mundo, en vez de explorarlo, o complicarlo. Estamos acostumbrados, en las ficciones audiovisuales, a un terror que asusta a los que le espantan los efectos especiales (un ruido abrupto, la explosión de un líquido rojo, una niña que se tuerce antinaturalmente). Pero el miedo que me asusta a mí, en cambio, es el verosímil, el que aplica María Fernanda Ampuero en Pelea de gallos, por ejemplo, un horror que se parece al mundo que conocemos, a la violencia impune, a la monstruosidad posible. Un horror que tiene que ver con la incertidumbre y la amenaza de un daño irreparable que nadie va a detener ni a reivindicar, que tiene que ver con la tragedia y el conflicto de valores equivalentes que se estrellan y solo nos permiten elegir una opción que nos trae más dolor. Si Mercedes, la villana, no hiciera parte de la ficción en la que está sino de nuestro mundo tal vez no estaría desfigurada, y triunfaría, y no daría miedo, y aunque fuese capaz de los actos más perturbadores y arbitrarios también sería capaz de los actos más tiernos y considerados, y los que la sufren no sabrían si es mala o buena, y ella tampoco sabría qué es, y nadie sabría, porque no es tan fácil definirlo, porque no hay una sola cara de las cosas, y el dolor y la injusticia simplemente están ahí, replicándose, porque el orden natural es brutal e ignora nuestras sensaciones físicas, nuestros conceptos de realidad. El horror de esta novela, en cambio, es un alivio para adolescentes, un orden simplificado y justo del mundo. En eso se parece a otros dramas audiovisuales, en que está lleno de respuestas (los buenos, los malos y los elegidos para el bien o para el mal), en que no hay conflicto (hay obstáculos y suspenso, pero no problemas, los espectadores siempre sabemos qué es qué, y quién va a ganar), cuando no hay conflicto lo más enganchador de esos dramas es la magia (los efectos especiales), la creación de un universo alejado del nuestro, pero justo y ordenado aún dentro del desorden que un ser externo quiere imponer. Esos dramas reducen todo el universo a los elegidos de una familia porque están dirigidos a un público adolescente, que encuentra sus mayores anhelos y obstáculos dentro del núcleo familiar. En Star Wars el villano elegido del universo, entre miles de millones de seres vivos, es el padre del héroe elegido del universo para ser el salvador. Entre miles de millones de seres vivos el destino se reduce a dos individuos, uno malo que quiere destruir todo por ambición, uno bueno que tiene que sacrificarse para salvar a todos los demás. Pasa en El señor de los anillos, en Stranger Things, en Harry Potter, pero sobre todo sucede en la Biblia, según la lectura cristiana. En Nuestra parte de noche hay una villana que es la líder de una orden de villanos, y hay un niño salvador educado por un padre que se sacrifica para salvarlo: la villana es la abuela del niño salvador. Y el niño salvador es único, nadie tiene los poderes que tiene él, por eso la villana lo necesita.
El universo mágico fantasioso, con naves especiales, varitas y hechizos mágicos, o un mundo del revés que habita en un resquicio invisible del mundo conocido (me refiero al de Stranger Things, aunque sea el mismo de Nuestra parte de noche) cumple dos funciones: emocionar con efectos audiovisuales, y explicar demagógicamente el mundo. En todas esas ficciones lo bueno es luminoso y lo malo es oscuro. Y lo bueno es bueno y lo malo es malo, salvo por breves lapsos de confusión que se resuelven rápido.
El terror de esta ficción no da miedo, quiere proteger a los lectores con algo destructivo: la condescendencia. Creo yo.
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Ahora, he leído algunos comentarios, entre esos los que dicen que esta es una novela total. O sea, una novela que intenta representar la totalidad de la experiencia humana, de un pueblo, de una cultura o una época. Qué ironía. Yo diría que eso es exactamente lo que no es. Porque simplifica todo lo complejo. Lo que sí hace es un reguero narrativo, de acumulación de palabras e información, más que de voces o formas de nombrar o sensaciones o miradas complejas y singulares de la realidad.
Es cierto que la vida real se parece a las caricaturas cuando pensamos en Hitler o Trump o Uribe, por ejemplo, del lado de acá. Pero, más allá de las explicaciones que los reducen a su adicción al poder y la vanidad, la pregunta es, ¿cómo llegaron a ser lo que representan? Hay alguna habilidad ahí, no todo es la fuerza bruta de las armas, la política o la economía. Hay una habilidad, y en el aprendizaje y el desarrollo de esa habilidad hay una historia, seguro, una mirada singular del mundo que no se reduce a la capa del villano ambicioso capaz de hacer cualquier cosa por obtener sus objetivos (que igual sí son). Los villanos de esta ficción carecen de habilidades y capas de complejidad. Son pura fuerza bruta, muy bruta. Su maldad es tranquilizante porque no ofrece interrogantes, es solo algo que hay que acabar cada que aparezca, y no es necesario entender por qué surge, porque su origen, a fin de cuentas, es mágico (o heredado), como el origen del bien.
A Mariana Enríquez le escuché decir en una presentación que la pregunta principal de esta novela es la herencia: ¿qué mundo le dejamos a las siguientes generaciones? Y sí, estoy de acuerdo, se siente que el personaje principal es Gaspar (el hijo del protagonista), y que toda la ficción sucede alrededor de él: cómo ayudarlo a que cierre el ciclo. En lo que no estoy de acuerdo es en que haya una pregunta ahí, ni un descubrimiento. La novela empieza con la respuesta: Juan va a sacrificarse para salvar a Gaspar y que Gaspar salve el mundo. La novela termina con el final feliz: Juan y Gaspar lo logran. No hay ninguna pregunta, hay suspenso y obstáculos para llegar a ese final.
La novela, entonces, está dirigida a lectores adolescentes que puedan escapar de la complejidad de este mundo a la claridad de lo fantasioso, y que se identifiquen con Gaspar, con los nuevos héroes que van a salvar el mundo, que van a cerrar los ciclos. Y digamos que eso está bien, pero es infantil creer que con extinguir a la familia de villanos se extinguen los motivos que hacen que exista gente así. Inclusive, es infantil creer que Gaspar se salvó de su herencia por haber eliminado a sus progenitores. Y es muy condescendiente toda la explicación solapada que hay detrás de Gaspar como símbolo de una sociedad menos clasista y conservadora en lo económico y lo cultural, una explicación con la que estoy de acuerdo: no estoy de acuerdo es con que sea una explicación.
Luego hay muchas capas de información, que quizá aborde después, o tal vez no. La novela es demasiado larga y en esa extensión deja muchos subtemas: la justificación del héroe machista clásico (violento y emocionalmente inaccesible pero por el bien de los que ama); el estereotipo hegemónico de lo que se considera belleza (hombres blancos, rubios altos y fuertes); la representación de la sensación de terror y las víctimas de la dictadura argentina en la muerte y desaparición de las víctimas y los personajes; la disposición de los cuerpos de los demás por parte de una clase indiferente que se siente elegida; la diversidad y libertad sexual cotidiana y constante desde el lado de los protagonistas; la comunidad liberal y la experimentación con estados alterados de conciencia; la relación del gótico como género que yo no siento bien lograda a través de la sugestión poética del lenguaje (como hace Cien años de soledad para generar otra sensación de la realidad, por ejemplo); la necesidad comercial de identificar esta ficción, de esta autora, de este país, como la nueva gran novela latinoamericana.
Nuestra parte de noche es literatura para escapar de la realidad, en contravía de la literatura para vivir la complejidad del mundo.
d Enriquez, Mariana (2019), Nuestra parte de noche. Editorial Vintage Español

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