Una única realidad difusa. Sobre «El contorno del ojo», de Roberto Bolaño

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El contorno del ojo es el borde de la mirada de un poeta, un poeta militar que ha vivido casi toda su vida dentro de la guerra, un militar que al ser diagnosticado por un trastorno nervioso a razón del cual lo envían a descansar a una población alejada termina suicidándose estoicamente al reconocer que la única realidad que puede distinguir es la repetición de la soledad, el absurdo, la amenaza y una incurable tristeza. La población que mira Chen Huo Deng (nombre del poeta militar) parece representar un limbo. Es una aldea donde, a su forma, los habitantes parecen solo esperar la muerte. El paisaje, lo vemos con el narrador en la descripción del cielo y la luna, por ejemplo, es apocalíptico y, a la vez, silencioso, lo que lo carga de una tristeza quieta, de una espera fatalista y aceptada, que termina por ahorcar al narrador, voluntaria y tranquilamente.

La trama es intensamente meándrica[1]. Comienza con el registro del titular de una noticia que suena casi fantasiosa, aunque fácilmente pueda ser real y precisa: Una curiosa criatura parecida a una vaca gigante pero que posee un pico de pato. Sigue con el registro en un diario de la cotidianidad de un poeta militar chino que ha sido enviado a una población alejada, a descansar, a causa de un trastorno nervioso. Pero todo lo que sabemos lo sabemos por el registro en el diario de ese narrador que está allá para recuperarse de un trastorno: o sea que no sabemos qué de lo que dice es real y qué está difuminado por su percepción del mundo. En ese caso no sabemos si todo lo que dice el narrador es un invento; ni siquiera sabemos si se encuentra en el pueblo que nombra. Pero para interpretar la ficción, aunque con sospecha, le creemos. El narrador, a través de algunos recortes de diferentes noticias[2], intenta darle sentido a una realidad absurda (o surreal). La escasa población rodea al narrador entre el asombro y la amenaza: una profesora de veinte años, un médico, un campesino que baja a la ciudad con frecuencia y le trae periódicos y correo militar al narrador, un comisario político, unos niños en tareas de aprendizaje, una anciana ciega, una reunión de personas que hablan de cómo protegerse cavando un hueco si los sorprende la lluvia en campo abierto. Son personas normalmente silenciosas, que a veces parecen ocultar algo, o protegerse de algo. La profesora le pregunta al narrador por la guerra; y la guerra, que ellos no viven directamente todavía, es un telón de fondo.  El narrador sospecha de los carboneros, de sus horas nocturnas de trabajo, del fuego en la montaña bajo la lluvia, del crecimiento de cultivos de maíz al lado de un pantano, de armas bacteriológicas. Es una realidad que bordea lo ilógico, pero se queda en la ambigüedad del mundo de lo posible.

Cuando el narrador decide escaparse hacia las montañas no encuentra nada, y termina devolviéndose. La población es algo condescendiente con él: ¿porque está enfermo?, ¿porque saben que está loco?, ¿porque es un testimonio triste de la guerra? No sabemos, pero algo se esconde detrás de una pregunta sobre unos árboles que el narrador afirma que son almendros mientras el que le trae los periódicos le sonríe asintiendo. Y hay más, las descripciones apocalípticas del cielo, las tristes de la luna, las del bosque y el silencio de las ramas. Es demasiada información difícil de hilar, sobre todo cuando no sabemos qué es cierto, cuando dudamos fuertemente de la percepción del narrador. Muchas cosas no tienen sentido, y el mundo del poeta militar no tiene sentido. Lo que persiste, en cada historia, sin embargo, es la amenaza de la guerra, la muerte silenciosa, la fatalidad, la normalización de la tristeza, como si cada nuevo detalle alimentara la atmósfera del final de un mundo irracional, como un sueño denso, un sueño malo, negativo. Entonces, mediante el esfuerzo interpretativo del lector, lo que persiste es un estado emocional perturbado, triste y estoico, y un ambiente a la vez amenazante y callado. Un estado emocional y un escenario que terminan en una consecuencia natural para el protagonista.

La forma coincide con la trama. Parece tener un cauce de principio a fin, o sea un orden cronológico en el que el poeta militar registra sus últimos días en la tierra, su mirada final del mundo. Pero dentro de ese cauce están los meandros: los recortes de noticias que el texto inserta en cursivas. Y los registros emocionales, estéticos e intelectuales en el diario. Ahí se confunden las frases que señalan el estado emocional del narrador (triste, confundido y a la vez tranquilo), con las descripciones del paisaje del lugar y el comportamiento de sus habitantes, y también entran las sospechas, las preocupaciones y los ejercicios de interpretación del narrador. La forma, repito, está hecha con curvas sinuosas que se intersecan sobre sí mismas.  O sea diferentes registros narrativos que intercalan muchas narraciones y muchos contenidos y muchas hipótesis de sentido dentro de una corriente que parece un solo cauce: los últimos días de la vida del narrador.

Un cuento no necesita un tema, una ficción no tiene obligaciones, con la narración del mundo es suficiente, el contenido y la forma cambian, y a veces parece que no existen. Yo diría que este cuento podría ser sobre muchas cosas, o sobre ninguna, o sea, ser sobre un hombre trastornado que describe una realidad que no existe, sobre las heridas emocionales de la guerra, sobre ese limbo que es el paso de un estado a otro (de la vida a la muerte, como si los personajes fueran algo parecido a fantasmas), puede ser sobre las consecuencias indirectas de la guerra, sobre la desesperación, puede ser sobre muchas otras cosas más, una conspiración de los habitantes del pueblo contra un soldado chino que consideran una amenaza, por ejemplo, pero sobre todo, pienso yo, es sobre algo que gravita en todas las historias: la narración de una realidad triste, fatalista y silenciosa, y de un mundo que bordea su fin, a causa de las heridas abiertas de una población amenazada incesantemente por la guerra. Utiliza una estética surrealista, y al final resuelve la trama, sin resolver nada, porque quizá, salvo aceptar el final, no haya nada que resolver.

Y eso es lo que tengo por decir de este cuento, lo que queda ahora es profundizar en desarrollos y demostraciones de cada interpretación. Pero, por ahora, eso es todo, y lo sustancial ya está ahí.

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Como este es el último cuento del libro de Cuentos completos de Roberto Bolaño, en la edición de Alfaguara 2018, y como ya leí con atención los anteriores, quiero decir una cosa más: la voz narrativa de Bolaño parece clara y excesiva, pero es difusa, no sé si precisa, pero sí justificable en cada palabra, en cada frase. Los cuentos de Bolaño, su voz narrativa, no son lo que parecen, son siempre otra cosa que se difumina, son lo que sucede borrosamente al borde del centro que ya nos ha dicho de manera directa en los primeros párrafos. Lo importante no es entender la trama, ni entretenerse en ella, es la sensación de navegar (y ahogarse) en una realidad que solo se ve borrosamente, por instantes, y entonces creemos saber algo de ella, aunque nunca sepamos nada, porque la vida es lo que nos pasa sin que nos demos cuenta.

Según la voz de Bolaño la realidad, la nuestra, la única, es inevitablemente secreta para nosotros. Creo que ese es el estilo de la voz narrativa de Bolaño, uno en el que lo real se esconde alrededor de un montón de experiencias que parecen reales, pero son otra cosa, siempre, otra. Hay que desconfiar de la voz narrativa de Bolaño, permanentemente, para poderlo leer, para no reducirlo a lo que se ve directamente. Para leer la realidad que nos propone Bolaño es necesario reconocer el margen de la mirada, y hay que leer, también, con el contorno del ojo.

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Nota: este cuento quedó tercero en el II Premio Alfambra, en 1983. Después de haber participado en varios concursos como autor y como jurado, me sorprende que este cuento haya sido tercero. Debió quedar de último. Aunque probablemente fuera el mejor de todos, incluyendo el de Antonio Di Benedetto, y aunque, según mi opinión después de leer todos los de Bolaño, no esté ni cerca de ser el mejor de él. El mejor cuento de Bolaño, después de la lectura atenta, seguramente, sea uno diferente, cada vez.


d Roberto Bolaño, «El contorno del ojo (Diario del oficial chino Chen Huo Deng, 1980)» (2001-2003). En el libro: Cuentos Completos (2018, Cuentos Póstumos: El secreto del mal, 1998-2003). Editorial Alfaguara. 647 páginas

[1] Meándrica: De meadro. Con curvas sinuosas y cerradas que pueden intersecarse a sí mismas.

[2] 1. Una curiosa criatura parecida a una vaca gigante que posee un pico de pato. 2. Un niño con una mirada tan penetrante que es capaz de ver los órganos de otras personas, como si fueran rayos X 3. Un hombre de 142 años que pasea en bicicleta y le atribuye su longevidad a el optimismo, ejercicio físico y vida moderada 4. Una estampida en un evento en Beihai donde se llena el recinto con más del doble del aforo permitido. 


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Comments

Una respuesta a «Una única realidad difusa. Sobre «El contorno del ojo», de Roberto Bolaño»

  1. Avatar de Alma

    Suena super interesante! Gracias por compartir 🩷

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