Método fácil y rápido para ser poeta II, Jaime Jaramillo Escobar

Ed. Luna Libros, 2011

330 p.

Tomo II

Este tomo es una suma de conferencias y lecciones dictadas por Jaime Jaramillo Escobar, acerca del oficio del poeta.  

Entre sus preceptos y contradicciones resaltan cuatro temas principales. El primero es su definición de la mirada poética: «La poesía es canto; todas las palabras, todas las expresiones, todas las arbitrariedades, todos los caprichos, todo lo que tenga fuerza expresiva, esa es la materia del poema». Después de la poesía, que es diferente a la escritura, está la redacción acertada del poema. El mejor taller de poesía es el tiempo, afirma Jaramillo. Para ejecutarla bien, es necesaria la lectura crítica y la lectura autocrítica rigurosa. Leerse como si el texto fuera del peor enemigo. Comunicar el poema entraña la dificultad de dos personas de mundos distintos que están intentando conversar frente a frente.

Para navegar esa dificultad y enganchar al lector perdido es necesario un texto interesante y bien redactado. Interesante porque no se ve acartonado, rígido o vaciado en un molde. Bien redactado porque para que un poema sobreviva el tiempo, tiene que ser capaz de decir algo. Lo importante de un texto es su contenido de fondo y forma, sin importar su construcción en párrafos o versos de cualquier índole. A estos comentarios sobre el estilo Jaramillo le agrega la diferencia entre ser un poeta y ser un publicista (él que fue las dos cosas). «Lo que más me ha enseñado a escribir poesía no es la poesía, demasiado manoseada, sino la prosa y la publicidad. La publicidad enseña precisión, oportunidad, claridad, iluminación y destaque, astucia, poder de convicción y, sobre todo, calcular la reacción del lector. La prosa enseña al poeta a seleccionar los temas, estructurarlos, desarrollarlos literariamente, presentarlos con efecto, fijar la atención del lector, llevarlo al lugar encantado que se le propone». En este punto agrega una cita de Fernando Pessoa, acerca de la fuerza expresiva y la autenticidad: «que obedezca a la gramática quien no sepa pensar lo que siente».

El tercer gran tema es el nadaísmo. El nadaísmo es una suma de negaciones, y nació muerto, dice Jaramillo. Nació como una negación del piedracielismo y las vanguardias, y evolucionó como una negación de cada cosa y de sí mismo. Todos los nadaístas han anunciado la muerte y el entierro del nadaísmo, pero todos los nadaístas están muertos y el nadaísmo sigue ahí, muriéndose desde que nació: «todas las negaciones del nadaísmo siguen en pie aunque los nadaístas estén en el cementerio, y eso le da al nadaísmo una fuerza de ultratumba».

El último tema es el comentario de tres poetas nacionales: de Porfirio Barba Jacob afirma que a pesar de estar excluido por muchos años de los estudios oficiales, sobrevive en la memoria colectiva, para demostrar lo ingobernable que resulta la poesía. Su maestría en el verso propiamente dicho no impidió que fuese también uno de los primeros en adoptar el verso libre. De José Asunción Silva dice que si no fuera por unas cuántas páginas suyas, audaces y atrevidas, se quedaría falsificado y mirado de perfil, como lo pusieron algunos de sus críticos.  Dice de él que trató como pudo de abrirse paso entre la niebla bogotana y algún resquicio dejó para que por allí se metiera en estas tierras el nuevo siglo que él mismo no alcanzaría a ver. De León De Greiff dice que aunque algunos poemas popularizaron su nombre, sus poemas se dirigen a un lector culto, con tiempo disponible para el placer estético. Su mayor importancia reside en la forma, singularidad de su espíritu sarcástico.

Este tomo, mucho más completo, es también más interesante que el anterior. En su permanente tono lúcido e irónico Jaramillo se defiende de todo lo que acaba de decir, en una sola frase, en la que afirma que «no se puede culpar a los poetas por lo que dicen, porque ellos no están en completo uso de sus facultades normales».

Qué genio fue Jaramillo Escobar.


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