11.1 La música de los otros

Cuando le escuché decir a Juan que ese personaje no podía hablar tanto de Rodrigo D. porque no sabía qué era el punk recordé el tropigótico del Grupo de Cali.  En principio apasionarse por Drácula mientras se vive en el Valle del Cauca es una imagen divertida: Drácula bailando salsa empapado de sudor, en camisa corta, preguntando ji vojabés dónde está el pam. Pero Andrés Caicedo y Luis Ospina demostraron, al repetir y recrear el gótico en un clima cálido, que  se puede convertir en una imagen legítima, tan sangrienta y real que inclusive hace parecer al gótico del hemisferio norte como algo inverosímil, como si el de allá fuera un juego de niños y el de acá la vida misma.

Sin embargo el problema de Juan era otro: la recepción superficial de una expresión artística sin profundizar en el significado. Algo así como el jazz sin improvisación, un metalero del Opus Dei o un salsero frío y mojigato, eso era lo que no aceptaba: un paisa amante del punk de los ochentas que no conocía el punk medallo.

Ser un lector es una experiencia rara porque todos los textos buenos van en capas. Intentar entender los subtextos que uno lee es en parte, como recordar, inventárselos. El espectador atento es casi siempre una persona que escucha más —aunque también menos— que lo que le quisieron decir originalmente.

Yo no pienso que recibir la vida sin contexto sea un pecado. Aún profundizando vivir es un instante al que uno le pasa por encima. Yo también prefiero, claro, informarme más, para vivir más veces, sin embargo cuando no lo hago el resultado, tan falso como la verdad, no me parece menos interesante.


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