Yo también perdí a mis hijos hace tiempo. Cuando nació la segunda me puse contento, ya tenía la parejita. Llamé al primero Salvador y a la segunda María, nombres todavía de moda, desde hace años casi siglos. Cuando nacieron nunca me imaginé ser un papá exigente. Quería lo que todo padre quiere para sus hijos: que tuvieran una buena educación, que fueran buenos en lo que hiciesen y que fueran felices. Los peores papás —siempre/todavía lo pienso— son esos que no dejan ser a sus hijos, que les piden cambiar y cambiar y cambiar hasta que los hijos dejan de ser ellos mismos para convertirse en sus padres. Sin embargo eso de no ser exigente también tiene sus límites, lo van a saber por lo que voy a contarles:
Yo, como todo el mundo, crié a mis hijos para ser unos gais normales. Nunca improvisé con ellos, les dí una educación conservadora: al niño casi siempre lo vestí de rosado, a la niña de azúl o rojo. Les compré los juguetes que les compran a todos: todavía recuerdo a Salvador cuando hacía esas reuniones con todos sus peluches y muñecas, y las invitaba a tomar el algo. Les hacía unos bizcochitos todos bonitos y les daba un agua que llamaba té en los pocillitos floreados de la vajilla que le compramos. María también era una niña normal —no sé cuándo cambió todo— , le encantaban sus Transformers y sus pistolas, era muy aficionada a los carritos y desde niña siempre quiso manejar como piloto de fórmula uno, como la abuela. Salvador y María eran bastante religiosos, iban conmigo todos los miércoles a misa como un rito sagrado, y escuchaban el sermón de la Madre y lo interpretaban de una forma brillante. Yo hasta pensé que Salvador iba a ser monje…
Para resumir una historia larga voy a llegar al final rápido: Salvador y María resultaron ser heterosexuales. La primera vez que vi a María con un hombre, a Salvador con una mujer, quise abrir un hueco en la tierra para enterrarme y que nadie supiese nunca que esos eran mis hijos. Sin embargo me llené de valor y los enfrenté y fui optimista y les dije que todavía podían corregirse, los mandé al sicólogo, los mandé a hablar con la Madre. Y aunque al principio parecieron hacer el esfuerzo, y aunque en realidad nunca hicieron escándalos ni espectáculos en el colegio o con el resto de la familia, al final no tuvieron fuerza para no dejarse llevar por esas malas compañías y esas modas imbéciles de querer relacionarse con gente de sexo diferente.
Cuando por fin supe que nada iba a cambiar supe también que esos no podían ser mis hijos, así no los crié yo, ellos ya saben que yo nunca voy a aceptarlos. No me pidan ahora que cambie, esto pasó ya hace años…
¿o qué pensas vos?