La perspectiva es un lugar extraño. Así como en Instagram hay gente que agarra el sol en una mano o empuja con fuerza la Torre de Pisa yo miro hacia abajo y pienso que el camión de la basura se ve más pequeño que mis ojos.
Desde el piso treinta y siete del edificio Coltejer Medellín se ve regada en picada. Creo que fue a Rivas al que le leí que la palabra Medellín es una palabra con filo; la imagen alta y aplanada de las dos eles, la í tildada, el sonido en yin de la última sílaba, todo en la ciudad parece un cuchillo.
Como en el test de Rorschach, cuando la gente ve este edificio de lejos dice que tiene forma de aguja, de lanzadera, de cemento cortopunzante; pero Raúl Fajardo, el arquitecto que lo diseñó, dice que eso es mentira, que al edificio solo le quiso dar un remate que resaltara.
Cuando hicieron este trampolín de ciento setenta y cinco metros de altura lo hicieron para llamar la atención, para que fuera el mejor, el más alto, el más grande; pero la felicidad duró solo cinco años: primero hicieron un edificio más alto en Bogotá, después en México, y así vamos. El futuro de la compañía de tejidos, motivo por el que fue construido, fue parecido al de las expectativas del diseño: no duró mucho.
Ahora estoy sentando en el borde del borde del edificio. Lo hago cuando me siento deprimido. Mirando a la ciudad por encima de los hombros de todos igual me siento bocabajo.
Medellín parece una olla, rodeada de montañas, sembrada desde abajo en una depresión de tierra. En este momento la cubre una sábana de nubes rojas, tóxicas y espesas, lo que obliga a la gente a vivir en una carrera violenta por vivir en la parte más alta.
Cuando uno salta de un edificio y se siente a punto —a punta, al filo, al borde— de morir, ve todo en cámara lenta, se oye todo en cámara lenta, y es capaz de conversase durante muchísimo más tiempo que el que uno demora en caerse. Visualmente es como ir en un tren, es como ser el tren, y cada vagón es un piso. Y uno mira hacia afuera y cada cierto tiempo hay una imagen diferente: gente que come, gente que duerme, gente que no está, gente que tiene sexo.
Cayendo por el piso veintiocho puedo escuchar que suena el teléfono.Yo estoy adentro, contesto, la que llama es mi hija, me llama para saludarme y hace que se me derrita la rabia, el filo.
Ella es mi rascacielos, por eso no salto.
¿o qué pensas vos?