Todavía hay días en que me siento en piloto automático, como si todos los caminos condujeran a Natalia.
Estaba en Bogotá y decir que era tarde era igual a decir que era peligroso. Siempre es peligroso, de todas formas, aunque no me dé cuenta. Iba manejando solo hacia la casa cuando el carro dejó de obedecerme y todas sus luces empezaron a prender y a apagar. Estaba muy cansado para esto, adentro mío también me sentía como el carro: con las luces prendidas veía a Natalia, con las luces apagadas también.
Parqueé en la berma y llamé al seguro para que me mandaran un mecánico, estaba en la ciudad de noche pero me sentía en una selva y en un abismo. Me sentía mal, sin música, esperando. No tenía caso pararme a abrir el motor, los carros son otra cosa extraña que tampoco entiendo. Intenté hacer ritmo con las manos en el asiento pero no me salió nada, intenté mirar la calle sola pero sirvió menos. Después de un rato, cuando miré al asiento del copiloto, vi un hilo. Era rojo, salía de un agujero de debajo de la silla y llegaba hasta el asiento.
Por probabilidades pensé que el hilo tenía que ser de ella. Lo seguí con los ojos y lo agarré con la mano, lo jalé como esperando sacar a Natalia del otro lado, pero llegó el mecánico.
Se llamaba Juan Vargas, me saludó y me dijo cosas que no entendí y me pidió otras que no supe hacer. Me sentí como un niño aunque no lo pareciera. Sacó unos cables que conectó en esa cosa que me obedecía y me dejaba de obedecer como si fuera una creación de Frankestein. El problema era de batería, me dijo Juan, antes de irse.
Me senté y le di la vuelta a la llave de encendido. El carro prendió pero yo me seguí sintiendo apagado.
¿o qué pensas vos?